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Viernes, 15 de Noviembre del 2019
Viernes, 08 Enero 2016

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. El castellano, una lengua para hablar con Dios

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Incluso a pesar de la Real Academia Española de la Lengua, que va a acabar por admitirlo todo, en inconcebible y vergonzoso trágala, batiburrillo y componenda muy alejados del fundacional “Limpia, fija y da esplendor” (la Real Academia acaba de admitir “asín” -como lo leen- a la par que “así”, “almóndiga” -sí, sí, como el almón de salmón-, tan correcto como “albóndiga”, o –agárrense que vienen curvas- “toballa”, que vaya, vaya, en pie de igualdad con “toalla”) el castellano goza de muy buena salud, ya digo, a pesar de la Academia y a pesar de los pesares, que son muchos y que mucho pesan.

Con poco más de 1.000 años de historia, que para un idioma no son muchos años, el castellano, o español por antonomasia como lengua común de todas las Españas, se codea en el mundo de tú a tú con el inglés y sobrepasa en número de hablantes e influencia a idiomas como el francés, el alemán o el italiano, por poner sólo tres poderosos e influyentes ejemplos cercanos. Después del inglés, en Europa no hay rival para el español. Aunque los idiomas no rivalizan entre sí. Si acaso los colectivos humanos que los hablan. Al respecto, se ha solido argumentar con frecuencia que la vinculación histórica del castellano con el imperio antes y con el poder político en general antes, ahora y después, estaría en la base de su mayor potencial y desarrollo frente a otras lenguas españolas. Quizá haya habido algo de eso, pero la razón fundamental que explica la mayor pujanza del castellano siempre ha sido de naturaleza intrínsecamente lingüística, no otra que el carácter innovador del castellano frente a los demás dialectos y lenguas hermanas procedentes del latín, como el astur-leonés, el navarro-aragonés, el bable o asturiano, el catalán o el gallego. El vasco siempre ha sido, desde tiempo inmemorial, una tosca, rasposa y quizá hasta casposa rareza. Cuando se habla del carácter “innovador” del castellano no se está empleando uno de esos términos ómnibus o facultativos para quedar bien sin decir nada, sino que el término innovador alude en este caso a que el castellano iba siempre por delante de los demás idiomas hermanos, mostrando un desarrollo mucho más adelantado y avanzado de soluciones lingüísticas evolutivas comunes, a las que el castellano llegaba mucho antes que las demás. Baste el ejemplo de la aspiración primero y la pérdida después de la “f” inicial latina. De “farina” a “harina “, de “fermoso” a “hermoso”, etc. Además, el castellano, español por antonomasia, como lengua de civilización y de cultura –característica que no tienen y que querrían tener las otras tres lenguas españolas-catalán, gallego y vasco- se extiende por todo el mundo y es vehículo de un tesoro literario excepcional: el de la literatura escrita en español, tesoro, por cierto, nuestro y de todos cuantos habitan esta vieja piel de toro (valga el tópico expresivo para reafirmar orgullosa identidad). Contar con un idioma como éste es un motivo más para sentirse legítimamente orgulloso de ser español, sin petulancias, sin chulería, pero también sin complejos de ninguna clase. Se sea castellano, catalán, gallego, vasco, andaluz, extremeño o murciano. El castellano, español en cuanto lengua común vehicular del conjunto de España y de las Españas de allende los mares, es la fecunda argamasa que nos une, un precioso regalo de Castilla a todos los pueblos de España, algunos de los cuales gozan además de la bendición y la riqueza de contar con otras lenguas. Más aún en un año como el que acabamos de empezar, bisiesto 2016, en el que se celebra el 400 aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes. Esperemos que alguien se acuerde porque ya verán cómo en Inglaterra sí que se acuerdan de otro ilustre coetáneo de Cervantes, Don William Shakespeare, que se murió también en 1616.

 

Los idiomas, como quienes los hablamos, son como organismos vivos, que nacen, crecen, se reproducen y mueren. El castellano es hijo del latín, como sus hermanos peninsulares el gallego y el catalán, que tienen un ancestral y misterioso vecino en el vasco, que aunque no es hijo del latín, ha llegado también casi a serlo por secular impregnación. España es maravillosamente diversa y rica hasta en eso, en lenguas, y entre las diversas lenguas españolas hay una más rica, más desarrollada, más pujante y más hermosa, sin desdoro de las demás, que tuvo su primer “vagido” en una oración (la glosa Emilianense), lo que llevó al poeta y director en su día de la Real Academia Española de la Lengua, Dámaso Alonso, a proclamar aquello que ya dejara dicho antes el emperador Carlos I de España y V de Alemania: que el castellano era una lengua que él empleaba para hablar con Dios, frente al alemán o el francés, que utilizaba para dirigirse a su caballo.

 

Pongamos el acento en lo que nos une, xd.

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