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Sabado, 20 de Julio del 2019
Viernes, 06 Noviembre 2015

El Viaje (final) a Ninguna Parte. El abuelo Bartolo y sus nietos...mi gente

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Alba y Ricardo Alba y Ricardo

CLR/Bartolomé Marcos.

Esto no va hoy de política, sino de abuelez (que rima con chochez), así que, si usted no es abuelo, no hace falta que siga leyendo. Quizá no acabaría de entenderlo y creo que podría forjarse incluso un concepto equivocado sobre mi persona, aunque no es eso lo que me preocupa ni poco, ni mucho, ni nada. Si no es usted abuelo no siga leyendo, no, porque me acabaría dando vergüenza, y no quiero babear o convertirme en el abuelo cebolleta, aquel del “igualico, igualico, qu´el defunto de su agüelico”. Claro que, si usted no es abuelo, sí que es muy probable que esté en el camino de llegar a serlo, así que, por favor, desarrolle algunas dosis de empatía y sígame.

Amigos míos, llegar a abuelo sí que es, evidentemente, llegar a alguna parte, frente a lo que vengo haciendo todos los fines de semana en esta andadura mía en la que les tengo a ustedes de ocasionales compañeros de viaje por páginas ya sólo digitales, virtuales, fantasmagóricas, inciertas, inasibles, sin la materialidad consistente del papel, en ese seguro camino hacia la invisibilidad que todos vamos recorriendo día a día, palmo a palmo, segundo a segundo, “cavando en mi vivir mi monumento”, cual diría el poeta y cual podemos decir propiamente también todos y cada uno de nosotros. Y si llegar a abuelo no es llegar a alguna parte física, aunque, por cierto, la física parte es la que se va resintiendo, sí que es alcanzar una meta o un hito en el camino de la vida, un acontecimiento extraordinario (porque no todos lo consiguen), que siempre te sorprende, un suceso maravilloso (porque maravilla que la vida sea tan larga, aun cuando en un soplo se es ida e acabada, que diría otro poeta), un cojonudo mojón (porque cojones hicieron falta para generar vida y más aún para vivirla y soportarla).

 

Plantado estoy en ese mojón, miren ustedes. Llegué a abuelo, o más bien, me hicieron abuelo mi querida hija María Mercedes, la mayor de mi casta (y vaya que la tiene) y mi querido yerno Antonio Ricardo, chicarrón sano, noble, ingenioso y leal. En realidad, ya ven, esto de ser abuelo no tiene mucho mérito, porque en todo caso el mérito es de otros, de los hijos o las hijas que te los han proporcionado. No, no tiene mucho mérito eso de ser abuelo, salvo que uno ejerza (de abuelo o de abuela) full time, a tiempo completo, que yo conozco algunos y llevan –pobres- una vida plena pero bastante desesperada, la verdad.

 

Tengo dos nietos. Mi hija y su esposo, María Mercedes y Antonio Ricardo, pudieron hacer su planificación de vida (la situación social y económica se lo permitió) y les ha salido bastante bien, porque tuvieron la parejita. Alba María es la mayor y tiene ocho añitos. Ricardo es el pequeño y tiene seis. ¿Qué voy yo a decirles de Alba y Ricardo, siendo su abuelo? Pues eso, lo que ustedes esperan leer: que ambos, muy diferentes, han llegado a la vida para ser felices y para hacer felices a los demás y, por el momento, la película de sus vidas discurre plácidamente de acuerdo con ese guión. Que sus padres y los abuelos respectivos, los cuatro, no conciben ya la vida sin ellos. Que Alba es una niña preciosa, imaginativa, habladora con tiento y tino, delicada, tierna y sensible, a la que le gusta mucho pintar y dibujar, así como leer y ver películas con las que reír o con las que llorar, cosas ambas muy humanas. También le gustan mucho los animales y comerse (porque lo que hace es comérselo más que bebérselo) un buen vaso de granizado de limón congelado, hecho un peñón de hielo, derritiéndolo poquito a poco, afición que suele compartir con el abuelo Bartolo, que con los granizados ni conoce límite ni tiene contención. A Ricardo, que es un niño verdaderamente guapo (y no lo digo sólo yo), le gusta sobre todo el fútbol, y muy frecuentemente viene a casa perfectamente vestido con un equipamiento completo del equipo de sus sueños, y de toda la familia, el Real Madrid. Allí, en un estrecho pasillo de la casa, me fusila a goles mientras que yo soy incapaz de meterle ninguno. En días de verano y playa, el abuelo Bartolo y sus dos nietos, Alba María y Ricardo, viven inverosímiles aventuras protagonizadas por Ricardo-el pajecillo valiente y Alba María-la princesa Laia y merodean por el entorno de la casa del hombre muerto dirigidos por un atrabiliario doctor Livingstone en las altas cumbres del Kilimanjaro o las cataratas del Lago Victoria. El abuelo se hace niño, y los niños, aunque sean adultos, niños son.

 

Sí, son mis nietos, son mi familia, y de momento son sólo dos; pero, ¿saben qué les digo? Que no me bastan, que no nos bastan. Que tengo otros dos hijos y que queremos más...que necesitamos más...que España, que podría tener futuro sin los catalanes, pero que no es nada sin los españoles, los necesita, que los abuelos, no tanto los de hoy mismo cuanto los del futuro más o menos próximo, los necesitan. No hay futuro sin Alba María y Ricardo y sin las Albas María y Ricardos que pueden traernos nuestros otros dos hijos, pero la puta crisis se lo impide, la jodida crisis que no acaba de despejar porque oscuros poderes no están interesados en ello. Es esa crisis artificialmente gestada por la especulación y la avaricia de unos pocos, esa crisis artificialmente alimentada y mantenida durante demasiado tiempo para seguir especulando y enriqueciéndose algunos, esa crisis permanente, total e interminable, manejada a discreción por titiriteros implacables, esa es la que ha cercenado el crecimiento de mi familia, la que me tiene en el impasse de sólo dos nietos, la que impide que mis otros dos hijos puedan iniciar y desarrollar sus proyectos de vida fuera del hogar de los abuelos.

 

Esto no iba hoy de política, pero al final política acaba siendo porque todo es política. Me ha dicho más de una vez el conocido agricultor cooperativista ciezano Pascual Hortelano “Chinales” (según declaración propia y no forzada seguidor habitual de estos artículos). que va a acabar conociéndose perfectamente mi vida, porque -dice él- “lo cuento todo”. Hoy le proporciono algunos hitos más para esa referencia vital que sobre mí está construyendo. Es muy posible que sea como dices, Pascual, pero es que mi vida – aunque yo me defino como “raro”- tiene pocos perfiles exclusivos. Soy un ser humano bastante común que vive y sufre los problemas de millones. Y hoy por hoy, la salida de la crisis sólo se hará visible y será efectiva, cuando nuestros hijos puedan volar solos y nos hagan abuelos, o, a los que ya lo somos, más abuelos aún, trayéndonos más nietos. Sólo se sale de la crisis apostando por más vida, y hay que fabricar más españoles, ahora que algunos buscan dejar de serlo.

 

Hoy tenía ganas de hablar de mis nietos y me he dado ese gusto. Si han llegado leyendo hasta aquí, gracias.

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