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Lunes, 21 de Agosto del 2017
Viernes, 18 Marzo 2016

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Cambio de Tercio: Cataluña en el corazón

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Que Cataluña quisiera irse de España era algo impensable hace cincuenta años. Lo sé porque yo vengo viviendo (o sobreviviendo) en España – con sociológica y a veces hasta sufriente conciencia y consciencia- los últimos sesenta y cuatro.

Nadie me va a hacer comulgar con ruedas de molino, como suele decirse, ni en ese asunto ni en ningún otro porque cada vez estoy más cerca de esa libertad definitiva que significa la muerte. Sé que eso era así y no sólo por estrictas razones de régimen político dictatorial u opresor. No, no fue sólo cosa de Franco. Sin embargo, en los últimos diez o doce años, la independencia de Cataluña, sin llegar a ser mayoritaria, se ha convertido en una expectativa insidiosa y más que probable, artificialmente inoculada en el corazón de los españoles catalanes y atizado el odio en el corazón de otros muchos millones de españoles de solamente España. Y subiendo el termómetro de la desazón y la ignominia. ¿Por qué está pasando esto? Algo habrán hecho –mal- los españoles de Cataluña y algo habremos hecho –peor- los españoles de otras zonas de España, y, sobre todo, algo habrán hecho (mal también) los políticos catalanes y los políticos españoles para cambiar y trastrocar–desde mi punto de vista- malévola, torticera e interesadamente, una determinada realidad, que no era así.

 

España es y debe seguir siendo una. Grande también, aunque dicen que eso siempre es relativo, además de que la del tamaño tampoco es bondad inmarcesible y libre de polémica. Y lo de libre…bueno…eso es siempre una entelequia, un desiderátum, una aspiración imposible. ¿Y por qué España debe seguir siendo una? Pues porque la unión hace la fuerza y porque no sólo España, sino el mundo entero debería tender a ser uno en intrínseca comunión con el hecho indiscutible de que es la patria común de todos los seres humanos y hasta de todos los seres no humanos que habitan el planeta. Ni Norte, ni Sur, Ni Este ni Oeste, ni arriba y abajo. Los particularismos y divisiones sólo esconden –sin excepciones- secretos intereses egoístas e insolidarios que buscan perpetuar la desigualdad, para vivir unos mejor que otros, cuando no para vivir unos pisoteando los derechos de los otros. No…un solo mundo, regido por pautas de justicia universal para garantizar una vida buena y confortable a todos los seres humanos. Por tanto, mejor el mundo que la ONU, mejor la ONU que los Estados Unidos o Europa, mejor España que Cataluña, Euskadi, Galicia, Andalucía, Extremadura, Murcia, Castilla La Mancha, Cieza o el Cantón de Cartagena, que hasta ahí podíamos llegar.

 

El pueblo español en general, incluido el que vive en Cataluña, nunca hasta ahora ha percibido un conflicto de fondo tan grave con el resto de España, como para llegar a desear y plantear un divorcio de dolorosas consecuencias para Cataluña y no menos dolorosas para España, o lo que fuera quedando de ella. Películas como “8 apellidos vascos” u “8 apellidos catalanes”, son bastante ilustrativas (bastante más que los discursos incendiarios de miopes políticos nacionalistas), de cómo se percibe el “conflicto” entre españoles de Cataluña o Euskadi y españoles del resto de España. Nunca llegaría la sangre al río y no llegaría porque no debe llegar. Esta sólo puede ser la guerra de Gila, sin vencedores ni vencidos, porque está claro que aquí perderíamos todos. Cataluña y España se siguen queriendo porque se siguen necesitando. No se les acabó el amor –ni el odio- que eran, que son, para siempre.

 

Es, por tanto, el momento de decir basta y cambiar de tercio, iniciar otra dialéctica en el tratamiento del problema, que existe y que se ha agravado por enconamiento interesado de una parte y parálisis (mental) y torpeza de la otra. Es el tiempo de dejar resquemores y malos rollos atrás e intentar de nuevo hacer formal declaración de amor entre lo catalán y lo español, que son parte de lo mismo, que son una y la misma cosa. No es tiempo de seguir planteando la relación desde el enfrentamiento y el enconamiento de posturas, desde la interesada y egoísta reivindicación de lo mío, de lo tuyo, de lo suyo, sino de lo nuestro, de lo de todos. Es tiempo de recomponer relaciones desde la comprensión, el afecto y hasta el cariño renovados. Sean buena gente, ¡collons! Es tiempo de volver a reinstalar a Cataluña en nuestro corazón, sintiéndonos orgullosos de la historia y hazañas memorables de aquella tierra, como la que a mediados del siglo XVIII los llevó a conquistar Alaska para la corona española de Carlos III, como la que supone usar, amar y cuidar una seña de identidad común, constitutiva e irrenunciable, como es la del idioma español, que en Cataluña se usa de manera sobresaliente y pulcrísima en un prodigioso y modélico ejemplo del mejor bilingüismo.

 

Cataluña es nuestra, pero no como resultado de avasallamiento, violación y conquista, sino como parte de la unidad de España, querida, apreciada, irrenunciable. Viven demasiado cerca (apenas a un tiro de piedra que mejor no tirar) y -pase lo que pase- allí van a seguir viviendo, abiertos al mismo Mare Nostrum compartido. Tenemos que hacer nuestras sus reivindicaciones culturales y lingüísticas en la medida en que el catalán es una de las dos lenguas españolas que se hablan en Cataluña. Y ellos tienen que desarrollar la humana solidaridad exigible a quien es naturalmente más rico, hacia hermanos del alma más desfavorecidos por la puta y caprichosa diosa Fortuna o el infausto destino de haber nacido en latitudes más sureñas. Los catalanes están tristes y cabreados. Los españoles están enfurecidos y al borde de la cólera. Pongámoslos contentos a unos y a otros. De esto tenemos que seguir hablando un rato largo. Eso sí…con otros actores.

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