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Lunes, 21 de Agosto del 2017
Viernes, 01 Julio 2016

El Viaje (final) a Ninguna Parte. Amigos en la Puerta de Urgencias

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Cuando me sobrevino el traicionero e inesperado desparrame cerebral que ya va siendo historia, y que me ha dado para unas cuantas historias que irles contando a ustedes, historias que (no se preocupen…) ya estoy próximo a finiquitar para irles hablando de otros asuntos menos íntimos y personales como por ejemplo el Brexit que le ha salido rana al Cameron de la Isla o los resultados electorales del 26 J que les han salido rana a (Ni) Unidos Podemos, percibí con claridad que algo extraordinariamente grave me estaba sucediendo.

Aunque nunca tuve la sensación de que fuera incidente de tanta trascendencia como para despedirme de la vida, alienarme y enajenarme radicalmente de este mundo aún tan dulce y confortable a pesar de los pesares, y largarme sin contemplaciones al más sórdido extrarradio de la nada, donde (como diría mi amigo, el vitalista otorrino- es su especialidad médica- Paco Argudo) no hay cerveza, ni jamón serrano ni otras delicatesen de las que hacen agradable la vida y que fundamentan consistentemente il dolce fare niente de un jubilado europeo reciente que aspira legítimamente a seguir cobrando su pensión unos cuantos años más. Políticos mediante. 

 

Estaba solo, en la habitación de mi hija pequeña Patricia, viendo una película en el ordenador, una película extraña sobre invasión de extraterrestres, aunque, con la perspectiva de lo que iba a ocurrirme después, cualquier cosa me habría parecido esotérica, rarísima, como correspondiente a otra dimensión. Estaba entrando en el territorio de mis pesadillas más agobiantes e insidiosas, a pesar de que el mundo se me ha ido aclarando gradualmente en las últimas semanas.

 

De repente, un extraño y avasallador calor de abajo a arriba, o quizá de arriba a abajo, un intensísimo dolor y rigidez de nuca (como jamás había sentido antes) y una oleada de rubor caliente, como aquella vergüenza incómoda, inoportuna e indisimulable de los peores años de la adolescencia, que se propagaba irrefrenable por toda la cabeza. A través de la piel, la sangre sin pudor asomada se me veía en la cara, particularmente en la zona vestibular-ventricular izquierda, en lóbulos parietales y frontales y en torno a las cuencas de los ojos. Yo no lo percibí, pero me cuentan mis hijos que en la parte izquierda de la cabeza llegó a ser perceptible cierto abultamiento, provocado, según todos los indicios, por la acumulación de sangre. Algo que no me había pasado nunca me estaba empezando a pasar. Ni dolor en el pecho, ni en los brazos…Podía pensar, hablar y articular. Estaba consciente, pero sabía que algo grave me estaba sucediendo. Después llegaría, sin pedir permiso para presentarse, y para agravar el cuadro, el vómito, repentino, abundante, atropellador… aparatoso. Mi hija llamó a mi esposa, que estaba con sus hermanas en la casa familiar de la Gran Vía, alimentando la buena relación que han sabido construir tras la marcha de la mamai. Después, en seguida, acordaron llamar al 112 ante los alarmantes síntomas que yo presentaba. Acabarían bajándome sentado en una silla de ruedas…en medio de la expectación generalizada entre los clientes del Bar KJuan, que suelen ser muchos y que está justo debajo de mi casa. Era la hora de los combinados, aunque allí siempre hay mucha gente tomando cubos de 6 quintos de cerveza, 6, a 5 euros más tapa, 5. Tan malico y tan desvalido iba que ni vergüenza sentí al pasar de aquella desairada guisa entre la gente. Iba yo para pararme a mirar quién me miraba. La ambulancia me trasladó hasta el hospital de la Vega Lorenzo Guirao, donde encontré a mis dos primeros y a la postre fundamentales, por primeros y por providenciales, “ángeles de la guarda”…Pilar Lucas Aroca y su hermano, Daniel Lucas Aroca, médicos ambos e hijos de un ilustre de la sanidad ciezana, Pascual Lucas García, galeno clarividente e intuitivo. No sé si ellos fueron quienes tenían facultades y competencias para tomar la decisión, pero lo cierto y verdad es que para mí y para toda mi familia, ver sus cabecicas familiares y amigas detrás del mostrador de la puerta de urgencias, interesadas en organizar diligentemente mi traslado al Hospital Virgen de la Arrixaca de Murcia, constituyó un soplo de esperanza en aquel páramo de la desolación y el dolor en que se había convertido para mí la tarde del viernes, 6 de Mayo. Ellos, junto con mi propia familia, también mi antigua alumna María Francisca Sánchez Pérez – hermana de mi yerno, sanitaria y defensora siempre –incluso cuando se discutió- de mi permanencia en aquel gran hospital, y el aliento de esperanza de la cobertura logístico-informativa proporcionada por la médica ciezana Piedad Martínez, amiga de mi hija mayor María Mercedes, capaz de anticiparnos reveladores y esperanzadores datos de las diferentes pruebas a las que el equipo del doctor Juan Piqueras consideró oportuno someterme: escáneres, resonancias, radiografías abdominales y de contraste, descarte de la trepanación del cráneo a lo Frankenstein o poco menos, que estuvo muy cerca, contribuyeron a obrar lo que muchos dicen que fue un milagro (y no seré yo quien lo discuta…no sea que quien lo obrara pudiera volverse atrás).

 

Después vino la larga noche de los dos días de UCI y posteriores veintidós días de postración en cama tras la insoslayable infección de orina intrahospitalaria. El prolongado encamamiento me birló en un plis plas la masa muscular conseguida con hazañas como la subida al vértice geodésico del collado Portazgo, apenas tres o cuatro días antes y mis doce kilómetros diarios de senderismo a través de cuestas, caminos, senderos y pistas forestales de la Atalaya durante muchos meses. Claro que quizá eso mismo me salvó también la vida. Eso y los tres o cuatro mansos y abundantes llantos que me eché en el regazo de mi hija María Mercedes, o el estratégico y patético paseo arrastraculo y con andador que me eché al cuerpo el último día ante el médico para arrancarle el parte de baja como fuera. Eso y el delicioso pastel que nos trajo a casa, elaborado por ella misma, María Encarna Zamorano, actual mujer de Fernando Galindo, aprovechando la visita que nos hizo para interesarse por mi estado de salud.

 

Así que, queridos paisanos que me seguís leyendo…yo solo he salido, pero el mérito ha sido de muchos, empezando por mis amigos de la Puerta de Urgencias del Hospital de la Vega Lorenzo Guirao. De manera que no os vayáis, que aún me queda gente que citar. Reboso agradecimiento que también se quiere derramar.

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