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Domingo, 21 de Julio del 2019
Sábado, 21 Marzo 2015

El Viaje (final) a Ninguna Parte. A medida que pasa la vida...tan callando

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

¿Cuántas décadas vivimos?. Los hombres, con suerte, siete y media, o sea, siete décadas y un lustro. Eso con suerte, y con mucha, muchísima suerte, ocho o nueve. La medicina, la farmacopea –y nuestra propia naturaleza- no dan más de sí por el momento. Ellas, las mujeres, también con suerte y algo más escacharradas, unos poquitos años más, hasta los ochenta y cuatro u ochenta y cinco.

Por eso, a medida que pasa la vida, casi de década en década, me gusta reencontrarme y reescribir lo escrito, y, ¿saben qué les digo?, que me sorprendo pensando lo mismo que entonces. Inmovilista que es uno. Sí, a medida que pasa la vida (que pasa por uno, claro está, porque la vida no se pasa, sólo pasa por nosotros, nos atraviesa, tantas veces con dolor, y sigue adelante indiferente, sin mirar atrás). En ese transitar inevitable del ayer al hoy y del hoy al mañana para verlos en perspectiva como en un punto se han ido e acabado, me voy dando cuenta de que, lejos de convertirme en una persona normal, me voy alejando y extrañando del mundo (como todos acabaremos un día por extrañarnos y exiliarnos, incluso de nosotros mismos, que es lo más grave, sobre todo por lo que tiene de irreversible y definitivo), y compruebo que comparto cada vez menos los gustos, las ideas, las inclinaciones comunes; no me gusta casi nada de lo que les gusta a los demás, y abomino de todos los tópicos imperativos sobre lo bueno, lo correcto, lo agradable, lo recomendable o lo saludable tal y como lo entiende el común de mis semejantes, o sea de los mortales como yo, que esa va siendo de las escasas semejanzas que todavía percibo, y eso en el plano intelectual, porque en el afectivo sabido es que sólo se mueren los otros.

 

Decía Don Ramón Gómez de la Serna en una de sus greguerías, que “nosotros mismos no podemos conocernos a nosotros mismos porque nosotros mismos estamos más allá de nosotros mismos”. Pues bien, a mí me pasa eso, pero al revés, yo mismo, dentro sólo de mí mismo. De nadar en superficie, al buceo, para conocer el fondo. Y sí, puedo garantizar que me conozco bastante bien, y, conociéndome, te conozco también a ti que me estás leyendo. A medida que voy cumpliendo años, fíjense qué paradoja, no lo seré, pero me siento cada vez más joven, más inconformista, más rebelde, y eso sí, no sé si será propio de esta juventud madura, rezagada y hasta anacrónica a la que voy llegando, me siento también más intransigente con la humana estupidez, con la extrema simplicidad mental próxima al encefalograma plano que caracteriza a tantos y tantos muertos vivientes que pululan alrededor.

 

De cualquier modo, como hace tiempo que me volví conservador (de las pocas cosas que merece la pena conservar) y como estos que corren, frente al tópico rampante y falso que dice lo contrario, son buenos tiempos para la lírica, mencionaré unas cuantas realidades positivas y nada estúpidas a las que uno puede aferrarse como a un tablero mohoso y resquebrajado, pero consistente y firme todavía: la familia, que vivo y siento a mi lado, el amor, que tiene que ver con la amistad y los amigos y cuya existencia, noble y generosa, también constato, y la bondad, que no se manifiesta demasiado en este mundo nuestro, pero que aflora aún en los ojos de tanta gente...y que tanta gente estúpida confunde con la estupidez.

 

Por eso no entiendo a un amigo, al que le ha tocado la lotería, y que piensa dedicar buena parte de los dineros que el azar caprichoso le ha regalado, a la pretenciosa estupidez de construirse un coquetón chaletito en el cementerio para cuando se muera, y es que todavía hay quienes piensan que en el más allá (que es un pudridero que queda más bien cerca del acá), se come y se bebe y se solazan los cuerpos al sol, y que Dios padre es un señor mayor de luenga barba cana que piensa en ti cada segundo, hasta cuando te fulmina un infarto a los 40 años, te corroe el cáncer a los 50, o tu cabeza, a ciento veinte kilómetros por hora, se parte en dos contra un pilón de cemento a los 25. Las cosas tampoco cambiarían mucho si Dios fuese mujer, y fuera diosa por tanto, en matriarcado regido por la matriz en lugar de los testículos. Matriz o testículos, diosa o dios, eso no arreglará el entuerto irremediable y absurdo que fundamenta- si es que fundamento tiene- nuestro pequeño y ridículo universo.

 

Familia, amor, bondad, valores que permanecen mientras pasa la vida...tan callando.

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