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Lunes, 24 de Abril del 2017
Viernes, 16 Diciembre 2016

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. A Felipe Gómez, el hombre que les rezaba a los amigos, parece que los amigos le están respondiendo bien

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Felipe estaba cansado de las conmemoraciones, de los santorales, de las efemérides, de las onomásticas y de todo el tinglado de la antigua farsa, no por antigua menos farsa (¿o habría que decir falsa?).

Era agricultor en Cieza (Murcia), una tierra olvidada por Dios y por el César, porque lo que ellos pedían era agua y Dios casi nunca se la llovía y el César casi nunca se la otorgaba, o se la otorgaba con extrema racanería. No sé qué líos entre cuencas hidrológicas y competencias autonómicas, ya saben…el agua era de cada uno y no se la tocaba ni Dios.

 

Cada sábado, Felipe se encomendaba a un santo sí y a otro también para que lloviera o para que le tocara la lotería nacional, la bonoloto, la primitiva o el cuponazo de la ONCE, de manera que pudiera liberarse de la esclavitud de la tierra ingrata, y hasta le ponía una ramita de perejil a un San Pancracio que siempre había estado allí, en el pequeño retrete familiar, junto a la SINGER, para ver si así la suerte se le ponía de cara. Ni por esas. Jamás le tocó ni un céntimo. Pedía a todos los santos del cielo que lloviera y no caía ni una gota. Se lo pedía a un santo con nombre y algunos hasta con nombre compuesto y dos apellidos, incluso a los muy recientes, sin alzheimer, de la hornada encumbrada a los altares por el unánimemente alabado Papa Francisco, y el resultado era, invariablemente, el mismo: el sol, la piedra, la sequía o la helada. Se encomendaba con agónica fe a todas las advocaciones marianas habidas y por haber con resultado infructuoso, idéntico al que obtenía con cualesquiera de los nombres de Cristo. Ni la Madre por un lado, ni el Padre, ni el Hijo, ni el Espíritu Santo, por otro, se le mostraban receptivos o propicios. Pareciera que la Vida y el Universo, hostiles, tuvieran sus propias reglas, y a él le había tocado ser, sin remisión, uno de los miles de millones de parias de la Tierra. Un día se dijo a sí mismo que la cosa tenía que tener alguna explicación: por qué el cielo –en el que él creía- no lo escuchaba a él, puesto que nada de lo que suplicaba le era concedido. No era afortunado ni en la salud, bastante quebrantada y achacosa, ni en el dinero, siempre escaso y penosamente trabajado y ganado, ni en el amor, ya que hasta la fecha – y ya iba estando entradito en años- sólo le constaba el amor de su anciana madre. Tanta desconsideración y olvido debían tener una explicación.

 

Tampoco es que Felipe tuviera muchas luces, pero un día se le encendió la bombilla. ¡Claro! Cómo iban a hacerle caso santos, mártires y vírgenes que a él nunca lo habían conocido, distantes en el tiempo y en el espacio con distancias insalvables, siderales. Para aquellos a quienes él les rezaba, aquellos y aquellas a quienes dirigía sus súplicas y peticiones, él, Felipe Gómez Martínez, cincuentón moreno y recio, de facciones noblemente toscas, era un perfecto y absoluto desconocido, pero en el cielo, en el que Felipe Gómez creía sin dudar con la fe mamada en sus mayores, había millones de Santos y Santas, todos esos que la Iglesia conmemora y celebra genéricamente el 1 de Noviembre de cada año, en el Día de Todos los Santos. Y entre esos seguro que estaba su amigo Enrique, muerto en plena juventud, con apenas veinticinco años, de una dolencia cardiaca congénita, y del que todo el mundo decía en vida, y a él le constaba, que era “un alma de Dios”, un hombre bueno, que además sufrió la injusticia doble de morir, y de morir prematuramente, un auténtico mártir de la vida (ese regalo envenenado). Estaría su hermana Justa, muerta también sin conocer varón a los quince años; su padre, Mariano Gómez, agricultor como él, muerto de un infarto fulminante a pie de reseco caballón, que le dejó por toda herencia las cuatro tahúllas ingratas de las que apenas sacaban para malcomer él y su madre. Su chache Tomás, que murió a los noventa años, lector infatigable del “Quijote” a pesar de que sólo le enseñó a leer el maestro de la bicicleta, su chacha Ángeles, un verdadero ángel del cielo por su generosidad y su bondad, o la única medio novia que Felipe alcanzó a conocer, y no demasiado, porque jamás hubo conocimiento o trato carnal entre ellos, Clarita, una prima lejana con la que Felipe paseó cuatro o cinco veces por el Paseo principal del pueblo y la orilla del río, antes de que la difteria la asfixiara para siempre y la hiciera santa también. Felipe Gómez, férvido creyente por tradición familiar y por incuestionada costumbre, nunca había tenido suerte.

 

Por eso, creyente convencido como era, decidió cambiar de estrategia y rezarles a sus amigos, es decir, a las personas a las que él había amado y que lo habían amado a él, a las personas a las que había conocido y que lo habían conocido a él en un pasado reciente, no fuera a ocurrir que se les olvidara. Se trata de una decisión de la que aún ha transcurrido poco tiempo –la tomó en la víspera de Todos los Santos de este año- y no podemos saber qué resultados le deparará a Felipe Gómez su ocurrencia, esa radical reorientación de sus devociones, esas largas conversaciones en las que se enfrasca con su padre Mariano Gómez, mártir y santo, su hermana Justa, virgen y santa, su chacha Ángeles, su chache Tomás, su amigo Enrique o su inédita novia Clarita, frente a la cohorte inútil de santos con vitola y hornacina que sistemáticamente habían ignorado hasta ahora sus plegarias. Sabemos que a Felipe, por el momento, sus santos amigos le están respondiendo, y este Diciembre de 2016, le está resultando húmedo y lluvioso. La siembra está asegurada porque la tierra es madre agradecida, aunque no sabemos cómo podrá irle en días y semanas próximos. Pero, si de aquí a dos o tres años no le diera resultado, tras el desaire del César, la sordera divina, y –esperemos que no- el abandono de sus queridos santos amigos, a Felipe Gómez Martínez no le quedará más remedio que encomendarse al Diablo.

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