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Martes, 23 de Julio del 2019
Sábado, 23 Febrero 2019

El Viaje a Ninguna Parte. Sobre indignidades varias y sobre humana dignidad

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

¿Hasta cuándo estamos dispuestos a seguir aguantando los ciudadanos de a pie en este desgraciado país que ya no sé si se sigue llamando aún España, a políticos oportunistas y descerebrados –indignos- como el impresentable de Pedro Sánchez Castejón (que, sin embargo, aunque sea un impresentable, se va a presentar, claro…faltaría más, aprovechando el crédito que aún pueda quedarle a su pobre y desdibujado partido y dispuesto a practicar –él, tan chulo y estiloso- y tan indigno, el deporte que mejor se le da: contar trolas)?.

Mister Falconetti (Por Jesucristo vivo, cada pieza vale más de un millón, y que es mancilla que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!) es un político de vergüenza, una vergüenza de político, un político sinvergüenza y sin vergüenza, y un sinvergüenza ejerciendo de político. Con un par…que eso sí ha demostrado tenerlo, aunque esos son atributos dignos, dignísimos de ser empleados en mejor y más noble causa que la de poner España en almoneda. Y todo de la mano del nacionalismo catalán, que, como todo nacionalismo, al decir del poeta y pensador valenciano Jaime Siles (en pensamiento que comparto) no es sino “una forma de imbecilidad” (y que me perdonen los imbéciles, que por cierto son legión innúmera). Un tonto-listo ambicioso llevado de la mano de unos insolidarios imbéciles-listos que finalmente lo han dejado caer…hasta la siguiente, que este es especialista en recomponer la figura y seguir como si nada hubiera pasado. Vamos, la arquetípica pose del fanfarrón del soneto cervantino que vengo citando, que (el valentón…) incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

 

Pero ya seguiremos hablando de esta gente, porque en realidad hoy quería hablar –en las antípodas- de uno de mis grandes maestros en inmateriales temas de literatura, humanidad y pensamiento, de política comprometida y descreída a un tiempo, de pasotismo militante, de escepticismo y duda sistemática hasta las últimas consecuencias, de vitalismo sin remilgos, de hondo y denso esteticismo, de pesimismo recalcitrante y, sin embargo, de apuesta por la vida en su radical y perentoria inmediatez. Nada tiene sentido, pero hay que vivir como si todo lo tuviera. Nada merece la pena, pero hay que vivir como si todo mereciera la pena. Por encima de todo hay que vivir. Filosofía reencarnada, de carne, hueso y entrañas. De seres humanos hechos de sangre, sudor y lágrimas. Mi dignísimo maestro se llamaba y se sigue llamando Fernando Savater, al que conocí, no personalmente, sino a través de su opúsculo “Nihilismo y acción” allá por 1970, cuando él era un jovencísimo profesor de Filosofía, de sólo 23 años, en la Autónoma de Madrid, y yo, con apenas 19 años, un jovencísimo estudiante universitario de Filosofía y Letras en el Campus de la Merced de la Universidad de Murcia, lleno de interrogantes, dudas, incluso existenciales, y de las muchas marcas dejadas por un psicológicamente doloroso, inmisericorde, traicionero y cruel acné juvenil. Vivíamos aún por entonces, él y yo, quizá sin saberlo bien del todo (nos hemos enterado después), bajo la oprobiosa dictadura del general Franco, convertido ahora en estafermo y trampantojo cuyos huesos se quieren expulsar de la cripta en la que reposan en la Basílica del Valle de los Caídos. El penúltimo chiste del chache Paco, qué risa…

 

Después de “Nihilismo y acción” vendrían todos los libros que Fernando Savater iba publicando, muchos, convirtiéndose aquellas lecturas para mí en verdadera adicción y en religión personal, sin trascendencias, dogmas ni sermones. Y es que Fernando Savater suponía un contraste brutal respecto a los filósofos o –peor aún- los profesores de filosofía –aburridísimos- a los que me venía sometiendo el plan de estudios, tanto en el Bachillerato, como después en la Universidad. Era el suyo un lenguaje casi literario o literario sin casi, directo, brillante, sugerente, valiente y vigoroso, puesto al servicio de su propia capacidad humana de raciocinio sin servidumbres de ninguna clase y bajo la premisa clave y clara de la única y sacrosanta libertad individual de pensamiento y conciencia. Pues bien, resulta que Fernando Savater ha terminado el que dice que será su último libro, que lleva por título “La peor parte. Memorias de amor”, que él ha convertido en un monumento literario a su esposa de toda la vida, Sara Torres, fallecida a los 58 años, el 18 de Marzo de 2015, por un tumor cerebral. Resulta emocionante leer cómo glosa Savater la inmensidad de la pérdida que supuso para él la desaparición de quien fue el amor de su vida: “lo peor es descubrir que nada se derrumba después de la hecatombe, que mañana habrá otro amanecer y sus ojos no estarán para gozarlo. Lo peor es ver que los días se dilatan en su ausencia, y que no hay dolor que pare el tiempo”… …”Yo me refiero al amor (dice también Savater) como reconocimiento del destino humano de un ser por otro. Cuando un ser humano se convierte en nuestro destino. Eso es el amor”. Magnífico. Emocionante. Digno. Gracias, maestro.

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