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Viernes, 28 de Julio del 2017
Viernes, 29 Julio 2016

El mundo está acelerado

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Esto es un sinvivir. Las noticias, casi siempre malas, nos llueven de minuto en minuto. Aquello que teníamos por inmutable, o al menos estable, se deshace entre titulares y titulares, mientras que surgen nuevas realidades inesperadas y, a veces, difícilmente explicables.

Y es que parece que este mundo que nos ha tocado vivir, nuestro mundo, está despendolado. O acelerado. O las dos cosas a la vez.

 

A los más jóvenes quizás no les suene, pero a los que tenemos mi edad o más, de cincuenta para arriba, las vueltas que da la vida y el mundo nos están dejando patidifusos. Antes el mundo era más sencillo. Dos bloques, el occidental capitaneado por los Estados Unidos y el oriental, bajo el mando de la Unión Soviética, se disputaban la supremacía y se enfrentaban por debajo de la mesa. La situación parecía inmutable, salvo que a algún loco le diera por apretar un botón y enviar una lluvia de misiles que sería contestada con una granizada de los mismos aparatitos de destrucción masiva. Nunca llegó a existir ese loco, y el sistema de bloques estuvo más de cuarenta años en solfa. Las sociedades eran estables, mejoraba poco a poco el nivel de vida, las noticias rara vez eran alarmantes, y si lo eran, sorprendían a todo el mundo por lo poco habituales.

 

Y en eso que, en poquito tiempo, algo empieza a cambiar en el bloque soviético. La URSS se desliza hacia lo que parece una liberalización, una democratización, pero que acabará como el rosario de la aurora en la disolución del bloque del este y guerras y conflictos hacía tiempo olvidados en el mundo civilizado. Eso sí, la distensión acabó con la Guerra Fría. Todos nos las prometíamos muy felices. El dineral que se gastaba en armas podría emplearse en mejorar el nivel de vida general de toda la humanidad, la libertad y la democracia se extenderían por el mundo, el futuro parecía prometedor para los habitantes del planeta Tierra.

 

Pero no. Rápidamente la situación comenzó a empeorar, en vez de a mejorar. Los hasta entonces países desarrollados occidentales, cuyas poblaciones vivían bien gracias al miedo que sus élites tenían de que sus pueblos se echasen en brazos del enemigo comunista, vieron cómo comenzaba un proceso de eliminación paulatina del estado del bienestar que había servido para hacer olvidar las enormes diferencias sociales. En los antiguos países comunistas, la opresión totalitaria era sustituida por una libertad básica común a todos los países capitalistas: la de morirse de hambre. En Europa estallaban guerras impensables. Occidente se lanzaba a conflictos en los que, en nombre de la libertad y la democracia, se intentaba controlar las fuentes de materias primas estratégicas. Los pueblos pobres eran cada vez más pobres y se encontraban cada día más aplastados por Occidente, y entre ellos surgían nuevos radicalismos, casi siempre religiosos, que alcanzarían grados de salvajismo que poca gente recordaba. Nuevas superpotencias asomaban al escenario mundial, como es el caso de China, y reclamaban su espacio. La economía, que debería haber mejorado, se ha hecho quebradiza, inestable, por la excesiva concentración de riqueza en pocas manos y la cada vez mayor importancia de la especulación financiera. Sociedades que antes vivían bien viven ahora mal, el futuro del planeta está amenazado por el cambio climático y la contaminación, el miedo y el rechazo hacia lo diferente, en vez de retraerse, se extiende cada día más, el número de refugiados en el mundo bate records año tras año, guerras terribles se enquistan sin solución aparente porque hay muchos intereses en juego. Nuestras naves espaciales visitan lejanos planetas mientras los niños mueren de hambre en Sudán del Sur.

 

Y de todo ello nos enteramos de forma instantánea. Un miserable asesino mata con un camión a decenas de personas, y lo presenciamos casi en directo. Un demagogo impresentable y zafio se convierte en candidato a la presidencia de Estados Unidos, y nosotros asistimos al patético (y plagiado) discurso de su señora esposa. Un representante político se entrevista con el Jefe del Estado, y al segundo siguiente nos explica por qué va a votar sí (o no) al candidato a presidente. Se hunde una patera en el Mediterráneo y poco después se nos muestra el rescate de los supervivientes y de los cadáveres. Una comunidad autónoma plantea de forma unilateral su secesión, y vemos en tiempo real el debate en su parlamento.

 

Las noticias, casi siempre malas, nos bombardean. La sensación de inestabilidad, de retroceso, de peligro incluso, se extiende entre la gente. También la de precariedad, la de inseguridad. Lo que parecía inmutable dura cinco minutos, y lo que daba la impresión de momentáneo se enquista, se extiende. Cierto es que los medios de comunicación actuales nos dan una visión inmediata, en tiempo real, de lo que sucede en nuestro mundo. Pero no es menos cierto que en este, nuestro mundo, están sucediendo muchas cosas y a un ritmo frenético, que desborda en buena medida nuestra capacidad de síntesis y que nos deja perplejos, sin entender bien cómo es nuestro mundo ni cuáles son sus actores y los hilos que los mueven. Y claro, siempre surgen salvadores de esos que prometen volver a los antiguos paraísos, que juran por lo más sagrado que devolverán la estabilidad a nuestras vidas y nuestras sociedades. Aunque siempre olvidan decir que son ellos y sus compinches, precisamente, los que han creado la inestabilidad que padecemos.

 

Sólo hay una certidumbre: el poderoso caballero Don Dinero, patrón siempre del devenir de la Historia, ha ascendido a Dios Todopoderoso, por quien todo se hace o se deja de hacer. Lo demás es cambiante, móvil, y las más de las veces se mueve en función de lo que el Dios Todopoderoso requiere en ese momento. Aunque sea en nombre de otros dioses, de esos de los de siempre pero transformados para este nuevo, y cruel, mundo de hoy.

 

Un amigo mío dice que todos los inicios de siglo son convulsos. Si se analiza bien la Historia, vemos que es así. Quizás estemos ante un nuevo parto de los montes del que surgirá una nueva sociedad, un nuevo tiempo. Ni bueno ni malo, ni mejor ni peor, sino nuevo.

 

Lo malo es que nos toca el parto a nosotros. Y estamos ya muy mayores para estas cosas.

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