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Viernes, 30 de Setiembre del 2022
Saturday, 13 November 2021

El futuro está en la Formación Profesional

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

España es como es. Y le cuesta horrores cambiar. Aquí el trabajo manual (incluso el trabajo en general) no está bien visto desde la Edad Media. Mientras que en los países protestantes del norte de Europa la mayor parte de la población, al ser preguntada sobre cómo le gustaría que fuese su futuro, responde que le encantaría tener un buen trabajo que le permitiese realizarse como persona, en España nuestros deseos van por otros derroteros: no dar ni palo, que nos toque la lotería y a vivir de las rentas. Y esto es algo que no conseguimos cambiar.

A ello debemos añadir la titulitis, enfermedad crónica de los progenitores hispanos que creen que sus hijos deben, sí o sí, tener un título universitario que les permita trabajar en un despacho, mandando y ganando un buen sueldo. Una dolencia que va de la mano de su complementaria, la atitulitis, o falta casi absoluta de formación, que convierte a la mitad no titulada de nuestra población activa en mano de obra barata sin titulación ni formación o capacitación laboral. En resumen; en España sobran trabajadores híper (demasiado) e hipo (demasiado poco) formados.

 

Y luego está la realidad económica, a la que le importa muy poco/nada lo que los españoles pensemos sobre nuestra capacitación. Una realidad en la que, frente a tres millones de parados, quedan sin cubrir multitud de ofertas de trabajo porque, lisa y llanamente, no hay suficientes trabajadores con la capacitación necesaria para cubrirlas. Así, las empresas españolas se encuentran en muchas ocasiones huérfanas de personal con la formación necesaria para cubrir sus necesidades. Y ello debido a dos causas: el desprecio que muchos españoles muestran hacia la Formación Profesional y la no siempre suficiente adecuación del sistema educativo español de esta enseñanza a la realidad económica y laboral.

 

Vamos por partes. Lo primero es difícil de cambiar, porque el sentimiento de desdén hacia los oficios, llamémoslos así, no liberales, está muy arraigado en nuestra sociedad. Las familias en general prefieren tener un hijo abogado que uno electricista. Aunque después el titulado en derecho no encuentre trabajo de lo suyo y tenga que dedicarse a cualquier otra cosa, mientras que el electricista gana cinco veces más y está tan demandado que necesita contratar a un ayudante que le gestione los avisos. Lo segundo tampoco es sencillo de solucionar, porque el sistema educativo tarda en ocasiones demasiado en adaptarse a las nuevas circunstancias y necesidades, ya sea por la inercia propia o por su propio gigantismo.

 

Pero, insisto, la realidad económica está ahí. La economía española necesita técnicos especializados, y muchos. Y no encuentra ni una fracción de los que busca. De hecho la empleabilidad de los Ciclos Formativos de Formación Profesional no hace sino aumentar de año en año; es decir, quienes consiguen una titulación de este tipo encuentran con mucha rapidez (en muchas ocasiones de forma inmediata tras acabar los estudios) un empleo en su especialidad. Empleos además bien pagados, sobre todo en comparación con aquellos que no necesitan titulación. Hasta tal punto se hace obvia la situación que muchos estudiantes universitarios, incluso ya graduados, en vista de que la realidad es diferente de lo que ellos creían, ingresan en los centros de Formación Profesional para adquirir una titulación que les abra las puertas del mercado de trabajo y que complemente las titulaciones universitarias que poseen.

 

Lo malo es que el sistema educativo patrio, o al menos buena parte de él, no responde en muchas ocasiones de forma adecuada a las necesidades planteadas. La Formación Profesional es cara, ya que su enseñanza necesita de unos equipamientos que son los mismos que poseen las empresas en las que luego trabajaran sus titulados, los técnicos y técnicos superiores. Ese equipamiento vale dinero, y tiene que cubrir unos estándares de cantidad y calidad que encarecen aún más montar un ciclo formativo (que así se llaman las especialidades de FP, y no módulos como suele creer el público). Pero hay que invertir en ello, porque la economía nacional lo necesita. De hecho incluso está inversión sería en gran parte recuperable, ya que el aumento de la actividad económica supondría también un aumento de la recaudación de impuestos que financiaría a medio plazo esa mayor inversión.

 

Porque la Formación Profesional debe dar respuesta a las necesidades del tejido económico, siempre cambiantes. De hecho, los países más avanzados del mundo tienen sistemas de enseñanzas laborales muy desarrollados y ágiles, capaces de dar respuesta en poco tiempo a las nuevas demandas de la economía y de garantizar la formación a todo aquel que la necesite. Mientras que en nuestro país, y salvo en algunas (escasas) comunidades autónomas, precisamente las más ricas y avanzadas, ni siquiera se ofrecen plazas suficientes para cubrir la creciente (por fin) demanda de estos estudios. Se forma así un cuello de botella que impide un mayor crecimiento económico y una consiguiente disminución del desempleo, lastrando el desarrollo de la nación.

 

Resumiendo: el futuro pasa por un desarrollo suficiente de la Formación Profesional. Así que, y nunca mejor dicho, pongámonos manos a la obra. Nuestro país lo agradecerá.

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