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Martes, 12 de Diciembre del 2017
Sábado, 11 Junio 2016

El aire que respiramos

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CLR/Tino Mulas.

En los últimos días se ha hecho público que, en nuestro país, la contaminación atmosférica ha aumentado por primera vez en los últimos siete años. Es decir, desde el inicio de la crisis.

Las interpretaciones de esta información han sido variadas. Para muchos, incluso, se trata de un hecho positivo que atestigua un aumento de la actividad económica general.

 

Como es ya casi de rigor, la primera interpretación es la económica. Si el dato es económicamente positivo, entonces todo va bien. Las otras consecuencias o se obvian o se minimizan. Pero, querido lector, querida lectora, la cosa es que algunas de las otras interpretaciones afectan directamente a nuestra salud. Y de una forma muy grave.

 

La Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR) advirtió ya el año pasado de que las muertes causadas directamente por la contaminación atmosférica son ocho veces superiores a las que se producen por accidentes de tráfico. De hecho, unas 27.000 personas mueren de forma prematura cada año en nuestro país por influencia directa de la contaminación, y unas 450.000 en la Unión Europea. Se calcula que en España el 95% de la población respira habitualmente aire con niveles de polución superiores a los máximos recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero, curiosamente, todos estos escalofriantes datos no parecen preocuparnos en absoluto. Sólo cuando se produce algún episodio concreto de alta contaminación atmosférica, como el reciente incendio de un depósito de neumáticos en Seseña o los picos de contaminación alcanzados este invierno en Madrid y Barcelona, algunos medios de comunicación hablan algo (poco) sobre el tema, pero siempre sin profundizar.

 

La realidad es preocupante. En el aire que respiramos flotan o están en suspensión partículas contaminantes emitidas sobre todo por los escapes de los automóviles (responsables de un 32,5% de la contaminación total del aire), de las plantas industriales y productoras de energía (32,4%) y de las centrales térmicas (21,2%). Son conocidas algunas de las consecuencias más espectaculares de estas emisiones, como es el caso del cambio climático o la lluvia ácida. Pero los son mucho menos la naturaleza y los efectos perniciosos de los contaminantes sobre la salud humana o los ecosistemas.

 

Un ejemplo de contaminante muy peligroso es el benzopireno. Este subproducto es emanado por los escapes de los automóviles y está presente también en algunos alimentos. Está considerado como cancerígeno y como la novena sustancia más peligrosa con la que puede entrar en contacto un ser humano al respirar. Y, curiosamente, es prácticamente el único contaminante que ha aumentado en la última década.

 

Otro contaminante presente en el aire y también peligroso es el ozono troposférico, que causa graves daños en el sistema respiratorio y también en la vegetación. Este contaminante proviene de la quema de combustibles fósiles y de muchos procesos industriales.

 

Dentro del elenco de contaminantes peligrosos para los seres humanos y que respiramos todos y cada uno de los días del año están las partículas conocidas como PM2.5, partículas en suspensión de un tamaño inferior a 2,5 micras pero responsables de 25.000 de las 27.000 muertes anuales prematuras por contaminación en España. A ellas se unen el dióxido de nitrógeno NO2 y los sulfuros.

 

Consecuencias de respirar estas (y otras) sustancias: cáncer de pulmón y otros tipos de tumores, bronquitis crónicas y neumonías agudas, infartos, arritmias, alergias, potenciación o agravamiento de enfermedades preexistentes, enfermedades oculares y otras muchas. Y a nivel más ambiental, contaminación de suelos y agua, disminución y contaminación de las cosechas, corrosión acelerada de metales y materiales de construcción, destrucción de ecosistemas, etc.

 

Pero lo peor es que, a pesar de conocerse por las autoridades europeas y españolas todos estos datos, los límites legales para decretar la alerta por contaminantes son el doble de altos en Europa para el PM2,5 que en Estados Unidos, o 2,5 veces superior al recomendado por la OMS. En cuanto al benzopireno, el límite legal es 8 veces superior a la recomendación de la AEMA (Agencia Española del Medio Ambiente), que sigue las recomendaciones de la OMS. Y además, la medición de ambos contaminantes es hoy por hoy completamente insuficiente en España, aunque sí se sabe que los niveles no sólo son altos, sino incluso peligrosos para la mayor parte de la población.

 

Pero olvidémonos por un momento de los aspectos medioambientales y de salud de la contaminación del aire y vayamos a los económicos. Todo lo que hemos visto hasta ahora se traduce en un incremento de los costes sanitarios causados por la contaminación atmosférica de entre un 2,8% y un 4,6% del PIB de nuestro país, unos 46.000 millones de euros, según un reciente estudio de la Organización Mundial de la Salud. Los daños provocados sobre los cultivos y los ecosistemas naturales también implican costes económicos, al igual que la necesidad de un mayor mantenimiento y mayores gastos de conservación en edificios, infraestructuras y vehículos. Por tanto, si contaminamos menos, gastamos menos.

 

¿Qué podemos hacer para respirar un aire algo más limpio? Muchas cosas, y algunas de ellas al alcance de cualquier ciudadano individual. Por ejemplo, utilizar más el transporte público, o caminar en vez de coger el coche, o compartir el coche con otras personas. Podemos encender menos la luz, bajar un poco la temperatura de la calefacción o subir la del aire acondicionado. Podemos también utilizar electrodomésticos y automóviles más energéticamente eficientes. Podemos no votar a formaciones políticas que no incluyan medidas efectivas de mejora del medio y del aire en sus programas electorales. Podemos no contratar nuestros suministros energéticos con empresas que no estén comprometidas con las energías renovables y la defensa del medio ambiente. Podemos disminuir nuestro gasto en papel.

 

Por su parte los estados, que tienen la obligación de defender la salud de sus ciudadanos, podrían empezar a cumplir con dicha obligación. Por ejemplo, estableciendo condiciones medioambientales más restrictivas para las empresas contaminantes y vigilando que, efectivamente, se cumplan. Por ejemplo, promocionando el recurso a las energías renovables en detrimento de las tradicionales contaminantes, y no como se ha hecho en España, completamente lo contrario. Por ejemplo, estableciendo límites de emisiones más respetuosos con la salud de los ciudadanos que con el beneficio económico de las grandes empresas.

 

Hay que hacer algo, y ya. Porque si seguimos a este paso, pronto no quedará aire limpio que respirar en el planeta. Y eso será realmente malo. Incluso muy malo.

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