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Martes, 12 de Diciembre del 2017
Viernes, 24 Junio 2016

De salvajes está lleno el mundo

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Últimamente, casi no hay día en el que no nos desayunemos con alguna salvajada.

Un loco entra en una discoteca y mata a 50 personas en nombre de no se sabe muy bien qué. Unos bestias se pegan con otros bestias antes de un partido de fútbol en la Eurocopa, con varios heridos al borde de la muerte. Unas alimañas maltratan casi hasta la muerte a dos perras y las arrojan desde un vehículo en marcha. Un animal, pero de dos patas, mata a un policía y a su mujer a cuchilladas en presencia de su hijo pequeño. Dos chicas en un quiosco son atacadas y golpeadas por unos orangutanes (discúlpenme la licencia los orangutanes) porque defienden la patria, según ellos, equivocada. Batallas campales se suceden tras el desalojo de un antiguo banco okupado. Un monstruo mata a su esposa y luego se entrega.

 

Violencia, siempre violencia, venga violencia, toma violencia. Parece como si no pudiéramos existir sin violencia. Pero, ¿hay más violencia ahora que hace unas décadas?

 

Una cosa está clara. Ahora, si se produce un hecho violento, por ejemplo, en Moscú, nos enteramos antes en Cieza que en la propia capital rusa. La rapidez de los medios de comunicación actuales han hecho posible que la “aldea global” que predecía McLuhan ya esté aquí, de manera que no hay rincón del mundo en el que no te enteres de lo que está pasando en el resto del planeta. Y claro, muchas cosas de las que antes no te enterabas se te presentan ahora en cualquier pantalla en vivo y en directo. Y la violencia, pues también.

 

Sin embargo, creo que no se trata tan sólo de que ahora nos enteremos de muchos hechos violentos que antes nos habrían pasado desapercibidos. Creo que, en realidad, la violencia aumenta de año en año. Y a ello contribuyen varios factores.

 

El primero, la mayor permisividad social. Mientras que antes la violencia, en especial la que alteraba el orden, era rápida y duramente reprimida, hoy en día la represión es mucho menor, y en ocasiones incluso se da una evidente permisividad. Ello hace que las personas con tendencias violentas circulen y actúen más a sus anchas y con menos miedo a las consecuencias.

 

También entra en juego la educación. Lamentablemente, las más de las veces no se educa en el respeto a los demás, sino en la competitividad: no debes, no puedes permitir que alguien quede por encima o por delante de ti. O que opine diferente de ti. Y has de usar los medios que sean necesarios para hacerte valer, aunque sean violentos; perdón, a veces, preferiblemente violentos. Más respeto, más civismo, serían buenas herramientas para hacer disminuir la violencia. Pero no van por ahí los tiros.

 

¿Y qué decir de la violencia que nos rodea por doquier en los medios de comunicación? Es prácticamente imposible hacer zapping sin encontrarse en uno de cada dos canales con una ensalada de tiros, de explosiones, de puñetazos y demás salvajadas que amenizan nuestras mañanas, tardes y noches. ¿Es lo que pide el público? Debe serlo, ya que las cadenas montan su programación en función de la cantidad de espectadores que ven los programas. ¿Es bueno? Quizá a los adultos no nos afecte demasiado, pero a los niños la visión continuada de tanta violencia les hace creer que el salvajismo que ven en televisión o en los videojuegos es algo normal, habitual. Se insensibilizan ante la violencia, y de mayores la ven como un elemento más de la vida cotidiana.

 

Hay explicaciones más sociológicas. Algunos expertos afirman, y creo que no les falta razón, que la violencia que cada vez más impera en la sociedad es una válvula de escape para liberar la tensión acumulada precisamente por el carácter de la sociedad actual, insolidaria, ultracompetitiva y gobernada en exclusiva por el dios dinero, falta de valores y de referentes. Algo así como la válvula de la olla a presión, que deja escapar el vapor sobrante para prevenir la explosión de la olla por sobrepresión. Por ello, según estas teorías, la violencia y los espectáculos violentos no es que se promuevan desde los poderes fácticos, pero en ocasiones se toleran para evitar explosiones mayores y más organizadas contra el sistema socioeconómico. Aunque la violencia puede tener también el efecto contrario, el de desgastar la imagen y el control de instituciones y poderes, y es entonces cuando la respuesta es contundente.

 

Sea por el motivo que sea, la violencia está cada vez más presente en nuestras vidas. Y ello no es bueno, porque la violencia, además de ser intrínsecamente mala y engendrar más violencia, tiene una consecuencia terrible para los seres humanos: poner en valor la ley del más fuerte, oprimir al débil y al que carece de recursos para defenderse. No en vano, sólo las ideologías totalitarias, sólo las más terribles dictaduras, justifican el empleo de la violencia (naturalmente, por ellos mismos) y la supremacía del más fuerte sobre el más débil.

 

Y no queremos volver a eso.

 

¿O sí?

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