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Martes, 12 de Diciembre del 2017
Domingo, 05 Noviembre 2017

Cuando whatsapp se cae

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¡WhatsApp no funciona! ¡WhatsApp se cae! ¡El mundo está en peligro! ¡Oh, my God!

Sí, queridos lectores. En los últimos meses la aplicación de aplicaciones, WhatsApp, ha caído hasta en tres ocasiones. Vamos, que ha enmudecido. Y eso que pasaba por ser casi 100% fiable, de las pocas que nunca se colgaba o fallaba.

 

¿Y a qué se ha debido tal desastre? Pues no lo sabemos, porque la empresa no se ha dignado informar sobre las causas. O a lo mejor es que ni ellos mismos saben si se trata de un fallo técnico, de un ataque premeditado, de una sobrecarga de sus servidores… Sea como sea, la cuestión es que nos hemos quedado hasta tres veces este año sin un WhatsApp que para mucha gente resulta no imprescindible, sino vital.

 

Y ahí quería yo llegar. A la absoluta dependencia que cada vez más personas, demasiadas ya, padecen en la actualidad no sólo de WhatsApp, sino también de muchas otras redes sociales.

 

No es que las redes sociales sean malas. Sin lugar a dudas nos ofrecen una inmediatez, una flexibilidad y una capacidad de convocatoria grupal que ni en nuestros más locos sueños pudimos imaginar antes de que llegaran. Pero precisamente en estas ventajas radican parte de sus inconvenientes. Cuando yo escribo o comparto algo, las más de las veces no tengo ni idea de si lo que digo es cierto o no. Y en demasiadas ocasiones decimos cosas que no deberíamos decir, y que de forma prácticamente automática se ponen a circular en todas las redes, sin que podamos hacer casi nada para enmendar nuestro error de haberlo. Por no hablar de cuando metemos a otros en problemas sin que ellos hayan hecho nada para merecerlo, o nos dedicamos a criticar de forma feroz al prójimo escudándonos en una red que nos parece un muro protector para salvaguardar nuestra autoría, para hacernos anónimos. Aunque la realidad nos demuestre después que no es así.

 

¿Y qué decir de la creación por nuestra parte de una imagen pública más falsa que un billete de 30€? ¡Cuánta gente se hace selfies y más selfies, ninguno de ellos espontáneo sino todo lo contrario, intentando hacer creer a los demás que su vida es magnífica, maravillosa, llena de estilo y glamour! Aunque si de verdad su vida fuera así, completa y feliz, ¿haría falta proclamarlo a los cuatro vientos? ¿Y de qué sirve intentar que te sigan cientos, miles de personas, a la mayoría de las cuales ni siquiera conoces, si ello no te va a reportar más que una satisfacción vacía, basada en una impostura, en algo que en realidad no existe?

 

Hay un chiste que circula en la red, y que tiene mucho de verdad: “el otro día me quedé sin internet y tuve que hablar con mi familia; parecen buena gente”. No se trata de una exageración, lamentablemente. No sólo nuestros hijos, sino nosotros mismos pasamos cada día más horas conectados a las redes sociales, comunicándonos a distancia pero sin vernos, relegando y olvidando el contacto humano, físico, imprescindible para nuestra maduración y socialización. Y es que hasta el cotilleo se ha vuelto electrónico. Y si no, que se lo digan a los usuarios de WhatsApp, que parece hecha que ni aposta para pelar al prójimo, chismorrear y criticar.

 

Y no olvidemos algo de lo que casi nadie se da cuenta: las redes sociales son en realidad empresas, aunque no nos cobren en la mayoría de los casos por utilizarlas. Y sin embargo, registran beneficios millonarios, cuando ni siquiera tienen muchas de ellas publicidad. ¿Y entonces, de qué viven? Pues muy sencillo: de vender nuestros datos y movimientos, nuestros gustos y fobias, nuestras amistades y enemistades, a quien pueda aprovechar estos datos para intentar vendernos aquello que más se aproxima a nuestro perfil, o a quienes elaboran encuestas para dichos vendedores, o a analistas políticos y empresas de contactos. En definitiva, a quien pueda obtener un beneficio económico por conocernos.

 

En fin, que las redes sociales nos sirven, pero también les servimos a ellas. Y cuanto más dependemos, por ejemplo, de WhatsApp, menos humanizadas son nuestras relaciones y mejor informados están quienes se aprovechan de ello. E insisto: no son las redes intrínsecamente malas, pero como todo en esta vida nada es absolutamente bueno o malo, sino que depende del uso que le demos.

 

¿Qué vamos a hacer si se nos vuelve a colgar WhatsApp? ¿Cómo es posible la vida sin esta (y otras) app? La respuesta es simple: antes de que existiera WhatsApp, o Instagram, o Facebook, o Twitter, la gente vivía. Y puede que hasta fuese más feliz que ahora; o al menos más cercana y real.

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