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Viernes, 14 de Diciembre del 2018
Sábado, 14 Julio 2018

¿Cuando acabará la guerra civil?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Spain is different. Este eslogan que se hizo célebre hace más de medio siglo es mucho más que cierto: es un axioma sin necesidad de demostración. Y así nos va.

Somos un país adorable, digno de admiración, objeto de deseo y estudio por parte de expertos e historiadores y gentes del común de fuera de nuestras fronteras, mientras que dentro de ellas nos autoflagelamos, nos calificamos a nosotros mismos con los peores epítetos posibles y nos dedicamos con entusiasta ardor a meternos los unos con los otros, cuando no a cosas peores.

 

¿Qué le pasa a España? Pues, por decirlo de forma entendible, que nos falta un hervor. O dos. No muchos más, no creáis, pero con dos basta. Pasamos por ser un país europeo, moderno, una parte integrante y activa del occidente civilizado. Pero luego nos sorprendemos haciendo cosas que recuerdan más a la Edad Media que al siglo XXI. Aquí nos falta algo que aún, en mi opinión, no hemos alcanzado: la madurez como país.

 

¿Por qué digo esto? Pues porque en España el desarrollo de una sociedad moderna al estilo de nuestros vecinos europeos se truncó durante el siglo XIX, cuando las clases poderosas, la Iglesia y el Ejército de aquella época decidieron que, por su propio beneficio, había que impedir la modernización del país. No era algo nuevo, sino todo lo contrario: más o menos lo mismo que había sucedido a lo largo de toda nuestra historia patria. La diferencia es que la historia se estaba acelerando y los cambios en la economía y en la sociedad en toda Europa hacían que lo de renovarse o morir fuese el primer mandamiento de la clases dirigentes en el viejo continente salvo en algunos rincones de éste, como por ejemplo España. Y como a pesar de todo España, encorsetada como estaba en un sistema en el que mandaba quien mandaba y a los demás que les diesen, se modernizaba poco a poco, cada vez resultaba más difícil a los poderosos mantener el corsé en su sitio. Y al final el corsé acabó estallando en forma de república, pero el encorsetamiento de décadas había provocado tantas heridas y era además tan mal momento que la sociedad española no tenía muy claro qué es lo que quería construir, y lo que es peor: el concepto de democracia en una sociedad democráticamente inmadura era de todo menos, perdonad la iteración, democrático. Más aún: los que siempre habían mandado y ahora no lo hacían tenían miedo de perder no ya sus privilegios, sino su ordeno, mando y dispongo en el país. Así que no les dolieron prendas en montar una guerra civil que ganaron y que en realidad alargaron hasta el día de hoy.

 

¿Hasta el día de hoy?, preguntaréis. Pues sí, hasta el día de hoy. Porque las guerras, y menos las civiles, no acaban al dispararse la última bala o estallar el último obús. La guerras solo acaban cuando los conflictos y los odios que los generaron se superan, cuando el perdón entre los contendientes se impone sobre el rencor, cuando los apretones de manos y los abrazos sustituyen a los pelotones de ejecución y al aplastamiento de los vencidos. Y en España eso, lamentablemente, no ha ocurrido.

 

Porque en España quienes vencieron en la Guerra Civil gobernaron durante cuarenta años el país sin hacer nada por la reconciliación entre los españoles. Y cuando llegó el momento de pasar página la página se pasó, pero nadie hizo nada por restañar las heridas. Quienes, vencidos en la Guerra Civil, llegaron al gobierno, poco o nada hicieron para que la Guerra Civil acabara de verdad. Quienes momentáneamente alejados del poder político lo recuperaron después se opusieron con descaro y prepotencia a tomar las medidas necesarias. Los intentos posteriores de hacer lo que se debía fueron tan tardíos y vacilantes que poco consiguieron de efectivo.

 

En resumen: en España la Guerra Civil sigue aún abierta en nuestra historia, nuestra política, nuestra convivencia. Porque mientras que en Italia o en Alemania quienes cometieron atrocidades sin cuento fueron vencidos y tuvieron que responder de sus actos, en nuestro país la situación fue la inversa: ganaron un conflicto que no fue externo, sino interno, se perpetuaron en el poder durante cuarenta años y siguieron monopolizando después los resortes del poder económico y en buena parte del político, y ni por asomo pasó por sus cabezas o por las de sus herederos que ya era hora de acabar con esta úlcera que impide que la sociedad del país suelde sus fracturas y que, aunque sea por una vez, se olviden el pasado y las diferencias y todos a una miremos hacia un futuro mejor y trabajemos por nuestro bien común y por nuestro país, nuestra patria.

 

Conozco la historia, es mi oficio. La enseño y procuro hacerlo de la manera más objetiva posible. Pero no puedo cerrar los ojos ante un hecho incontrovertible de la española: el carácter de parásito, de elemento extraño que se alimenta de la sangre del país, de buena parte de las clases dirigentes nacionales. Y no se trata ya de la lucha tradicional de derechas e izquierdas, de propietarios y proletarios. No es eso. Hay mucha, muchísima gente de derechas que opinan lo mismo que yo expongo aquí. Hay gente de izquierdas que vive más en el siglo XIX que en éste. De lo que se trata es de que, como decía Joaquín Costa, España tuvo, tiene y, me temo, tendrá, un cáncer que roe la entraña de la patria, que perpetúa el enfrentamiento buscando siempre su beneficio y que, perdonadme lectores, se cisca en la patria siempre que obtenga beneficio de ella. Y eso, en otros países, o pasa mucho menos o no pasa. Por ello pido a quien tenga en su mano solucionarlo que lo haga, que cierre las heridas, que aleje a las garrapatas de la sangre de la patria y que haga de España lo que siempre debió ser: un gran país, un país que a poco que dejen de desangrarlo brillaría en el mundo, el país, por primera vez, de los españoles. Su auténtica patria. Y así podremos decir que la Guerra Civil, por fin, habrá terminado.

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