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Martes, 12 de Diciembre del 2017
Sábado, 23 Septiembre 2017

Cosas de trenes

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Últimamente Murcia sale habitualmente en la televisión. Lo malo es que la noticia principal por la que nuestra Región y nuestra capital aparecen en los telediarios es el rechazo social, violencia incluida, a cómo se quiere traer una gran infraestructura que casi todo el mundo anhela pero no así, de esta manera.

Esa gran infraestructura es el AVE. La panacea de todas las panaceas, por la que concejales, alcaldes, diputados y presidentes regionales pugnan, exigiendo y prometiendo, jurando incluso, y casi siempre, lamentablemente, mintiendo. A nosotros, a la gente normal.

 

El AVE es un gran invento, que acorta distancias entre gentes y ciudades y reduce el tiempo, antaño largo y tedioso, que teníamos que invertir para ir a cualquier sitio o para que los de cualquier sitio veniesen aquí. Otra cuestión es que sea excesivamente caro, y que existan alternativas casi tan buenas y mucho más baratas. Pero hagamos abstracción de este hecho, y sumémonos al coro que pide la llegada del AVE.

 

Y he aquí que, por fin, parece que esta vez sí que nos llega nuestro ansiado tren. Después de años en los que se nos juraba por lo más sagrado que al año siguiente lo tendríamos y a mediados de ese año siguiente se nos volvía a jurar que al siguiente, por fin se ve a lo lejos la máquina que pone las vías. Que se van acercando día a día, poquito a poquito, pero incansablemente. Y esta vez ya no hace falta jurar en falso: el tren está llegando.

 

Pero de pronto surge la protesta. Bueno, en realidad no tan de pronto. Que la protesta lleva ya años bregando. Y es que el AVE va a llegar a Murcia, sí, pero por superficie, partiendo barrios enteros y buena parte de la ciudad en dos, hasta llegar a la estación de Murcia. Los vecinos afectados constituyeron ya en 2012 una plataforma prosoterramiento cuando se enteraron de que el gobierno central planeaba traer el AVE a Murcia en superficie, rodeado de un muro de cinco metros de alto que pasaba literalmente por jardines y paredes de casas y que se parece mucho, demasiado, a otro muro, éste israelí, que encierra a los palestinos dentro de sus territorios. Vamos, la gran muralla murciana, que en realidad es una chapuza de padre y muy señor mío que quiere imponer el gobierno central para ahorrarse dinero a costa de la incomodidad y del daño a los ciudadanos de Murcia. Y del desprecio a sus intereses y peticiones.

 

Y lo peor es que el gobierno regional acata las órdenes y los planes de los mandamases de Madrid, intentando convencer a los murcianos de que esto es algo provisional y que finalmente, aunque como es costumbre no se concreta cuándo, se soterrará el trazado del AVE. Pero esta vez no cuela. Y es que los vecinos no se lo creen, de tantas veces que les han mentido. Y entonces empieza el baile.

 

Empieza el baile de las protestas, veteranas ya, pero que se convierten ahora en masivas. Miles de personas salen a la calle cada noche a protestar y a exigir que no nos tomen el pelo, que en Murcia ya estamos hartos de que pasen de nosotros, de que no nos consideren ciudadanos, o al menos ciudadanos de primera. Y claro, entre el ambiente caldeado y las ganas de algunos de aprovechar el río revuelto, la violencia no tarda en aparecer.

 

Y todos lo sabemos: no somos gente violenta. Ni aunque nos pinchen saltamos. Pero la gente se cansa de tanto ser ninguneada, y cuando el ambiente general está ya bastante caldeado en unos barrios populares en los que la gente no vive nada, pero que nada bien, en los que el paro es rampante, en los que las personas se juegan la vida todos los días en los pasos a nivel, no es de extrañar que a más de uno se le escape un exabrupto, un empujón, un puñetazo, y tampoco es raro que la policía responda. Lío, jaleo, violencia al final.

 

Y lo peor es que, en vez de escuchar a sus conciudadanos, algunos políticos de esta Región se dedican a acusarlos de violentos, de no saber de lo que hablan. De que todo lo que dicen es mentira, de no llevar razón alguna. Quizás si no nos mintieran tanto, si no nos ningunearan tanto, si se ocupasen algo más de sus gentes, cosas así no pasarían. Cosas que parecen de trenes, pero que son cosas de señoras mayores, de madres con niños, de trabajadores con o sin trabajo, de jubilados y estudiantes, de la vecina del cuarto y del pescadero de la esquina. De personas normales y corrientes hartas de que les traten como a tontos.

 

Que, señores mandamases, no lo somos. Que con los trenes, y la gente, no se juega.

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