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Domingo, 15 de Setiembre del 2019
Sábado, 09 Febrero 2019

Comer: lo que hoy es bueno, mañana será malo

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Y viceversa. Uno ya no sabe a qué atenerse.

Y es que casi cada día nos despertamos con noticias que desmienten las bondades o maldades de los alimentos que tomamos o las sustancias y utensilios que utilizamos. Llevas toda la vida con un tipo de dieta o consumiendo algo que se aseguraba que era bueno sin ambages y de repente te encuentras con que los expertos en el tema dicen que quizá no sea tan bueno, o incluso que es definitivamente malo, también sin ambages.

 

Un ejemplo: el aceite de oliva. A mí me encanta, que conste. Pero durante unos cuantos años lo consumía con precaución, ya que se decía que era malo para la salud al ser una grasa y que era más recomendable consumir otros como el de girasol. Sin embargo hace tiempo ya que el aceite de oliva se considera como auténtico oro líquido por sus propiedades nutricionales y sanitarias. Otro ejemplo: la carne de ternera, que cuando era yo un tierno infante era el no va más en la alimentación infantil, es hoy anatemizada por muchos nutricionistas que abominan de las carnes rojas. Por no hablar de la mantequilla, los huevos, la leche, muchas frutas, más carnes, el pan (¡divino pan!) y un largo etcétera de alimentos que han pasado del infierno nutricional al cielo o viceversa.

 

Come ya uno con miedo. También con deleite, pero con miedo. Ves a gentes que practican dietas a base de alimentos desconocidos y de nombres raros porque se dice de ellos que van muy bien para prevenir o minimizar enfermedades y males metabólicos. Ves no mucho después que esas mismas gentes han cambiado su dieta por completo, rechazando los productos anteriores y sustituyéndolos por otros. De cuando en cuando, con cierta frecuencia, sesudos informes divulgados por los medios de comunicación ensalzan o denigran las propiedades alimenticias de un producto en cuestión. Y en demasiadas ocasiones estos estudios tienen un sospechoso tufo a guerra comercial o a intereses económicos que los hace menos creíbles.

 

No sería la primera vez, ni será la última. Ya he hablado del caso del aceite de oliva, que periódicamente recibe ataques de otras industrias de grasas comestibles como la del aceite de girasol o la mantequilla. O podríamos fijarnos en el caso del cerdo, cuya carne fue poco menos que excomulgada antaño pero que hogaño, y sobre todo en el caso de los cerdos ibéricos cebados con bellota, es poco menos que el alimento perfecto. Y es que la competencia de otras carnes y los intereses de sus productores pretendían desbancar al gorrino de su primer puesto en la industria cárnica internacional. Algo parecido a lo que ocurrió con la carne de pollo, de la que se decía que estaba llena de hormonas y sustancias variadas pero poco recomendables cuando en realidad es incluso ruinoso para el productor utilizar sustancias ilegales en la crianza de sus aves.

 

La cuestión es que ya no sabemos a qué santo encomendarnos en esto del comer. Sí es cierto que algunos procesos alimentarios es mejor mantenerlos en secreto, porque si se conociera cómo funcionan exactamente puede que nunca más vendieran sus productos. En otros casos, y al contrario, la imaginación popular y la desinformación adjudican a algunos de estos procesos unos procesos truculentos, desagradables y notoriamente exagerados, cuando no falsos. Lo que sí es cierto y está archidemostrado es que un exceso de algo, de cualquier alimento, como mínimo es malo y puede llegar serlo mucho. Alimentación equilibrada y en la cantidad justa es sinónimo (salvo casos especiales) de salud metabólica, buen tono y longevidad. Incluso digo más: tenemos la alimentación perfecta a nuestro alcance, la dieta mediterránea, la nuestra de toda la vida, reconocida por todos los expertos como la mejor posible. Y sin embargo nos afanamos cada día más en sustituirla por alimentos ultraprocesados (y estos sí que está demostrado que son perjudiciales) ajenos a nuestra dieta tradicional y que nos perjudican notablemente.

 

En resumen: ¿quieres comer sin miedo? Vuelve a las esencias, a la comida de toda la vida. Cereales, pescados, legumbres, verduras, frutas, carnes magras, aceite de oliva, vino. Todo ello en su justa proporción y medida. Verás cómo tu salud mejora. Comerás sin miedo. Y además está muy, muy rica.

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