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Lunes, 25 de Mayo del 2020
Sábado, 07 Marzo 2020

Cieza, hoy. Mi abuelo

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José María Cámara José María Cámara

CLR/José María Cámara.

Mi abuelo falleció hace cuatro años. Falleció de edad y enfermedad.

Mi abuelo, el Soperete, vivía en la Plaza de los Carros, creo que a el le debo mi pasión por la Semana Santa. Antoñico Marín siempre me contaba que mi abuelo lo ayudaba a bajar la Virgen del Carmen para sus fiestas.

 

Mi abuelo, el Soperete, era moreno como la gente que trabaja de sol a sol en el campo, era alto, tanto como la Atalaya, y fuerte como el roble al paso del tiempo. Eran tan fuerte que se cayó de un cuarto piso trabajando y siguió viviendo, y trabajando.

 

Mi abuelo, el Soperete, murió de edad y de enfermedad. Su tez morena se volvió pálida un 7 de octubre de 2016. La última vez que lo vi dormía plácidamente en su cama eterna. Mi madre dice que sonría, pues después de cuatro trombosis a lo largo de su vida, por fin, descansaba de tanta pastilla y tanto sintrón. Lo vi por última vez tapado hasta el cuello y dormido para la eternidad. No tuve el valor de acercarme a él, solo pude apoyarme en la columna del tanatorio y llorarle, llorarle mucho.

 

Mi abuelo, el Soperete, dejó aquí mujer y dos hijos. Mi abuela Juana, con sus 91 años de vida, sigue allá donde fue feliz con su marido; en la Plaza de los Carros, número 15. Nunca quiso salir de ahí, nunca quiso a nadie que la acompañara ni que durmiera con ella. Quizás, en secreto, habla con mi abuelo y le cuenta sus achaques de la edad. Mi abuela Juana sigue viviendo donde vivió el Soperete. Yo nunca he dejado de ir a esa casa, mi abuela es mi alma, por lo que, desde el minuto 0 de la muerte del Soperete, he vuelto a dormir en su sofá, he vuelto a comer en la misma mesa que él lo hacía y he vuelto a ver la misma tele que él veía.

 

El lunes volví a ver a mi abuelo. Una lágrima volvió a recorrer mi mejilla, solo una lágrima acompañada de una adormilada sonrisa. El lunes volví a ver a mi abuelo, pero no fue en su cama para la eternidad, no. Lo volví a ver sentado en el Paseo Ribereño. Lo volví a ver encorvado hacia delante por el peso de los años. Mi abuelo llevaba gorro señorial, marrón como la tierra, y limpio como el cielo. Estaba apoyado en un muro para no caer por el peso de su edad. Mi abuelo iba como mi abuela siempre lo vestía, jersey, chaquetita de franela y pantalones oscuros como sus ojos. Mi abuelo estaba ahí, rápidamente lo vi, lo sentí y le dije hola. El levantó su tierna mirada y me saludó alzando la mano derecha hasta la altura de la cara, y con una voz que apenas se podía escuchar por encima del piar de los pájaros me dijo hola. Era mi abuelo.

 

Mi abuelo estaba ahí, en el rostro de ese hombre herido por la edad y el paso de los años. Mi abuelo estaba en ese hombre. No sé su nombre, no sé nada de el, no sé su edad, no sé nada de él. Pero sé que al saludarlo .y él devolverme el saludo, volví a ver a mi abuelo, volví a verlo despedirse de mi con su mano alzada al cielo y su media lengua propia de la edad. Volví a verte Soperete en el Paseo Ribereño, rodeado de naturaleza y tranquilo ante el paso de los tiempos. Volví a verte Soperete.

 

Mi abuelo falleció hace cuatro años. Falleció de edad y enfermedad.

 

Os espero en quince días. Mientras sigo observando la vida.

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