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Viernes, 30 de Setiembre del 2022
Sunday, 14 March 2021

Cieza, hoy. Mi abuela, la Juana

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José María Cámara José María Cámara

CLR/José María Cámara.

En memoria de Juana Campos Ruiz, mi abuela.

-Nene, ¿qué hago yo aquí ya? Estoy desesperada.

 

-Abuela, hacerme feliz al verte. Te necesito a mi lado.

 

Te has ido. Te has ido como tú tantas veces le pedias a Dios, ese en quien depositabas todas tus lágrimas, tus penas y tus desánimos. Te has ido rodeada de quienes más te queríamos. Te dormiste para la eternidad después de escuchar a tu hija decirte el último te quiero, mamá. Nos dejas esa paz que nos dabas cada vez que nos gastabas una broma o cuando nos sonreías. Te has ido abuela, pero gracias por iluminarme cada segundo de mi vida durante 28 años. Me encantaba quedarme anonadado mientras me contabas tus batallitas con el abuelo digamos, muy caballero él.

 

Me encantaba cumplir tus deseos cuando me decías: ‘’ nene, tráeme esos dulces negros que solo hacen los fines de semana ¿O también hay entre semana? – Esos dulces negros son los riñones de la María- y, por supuesto, me encantaba disfrutarte en silencio mientras, como una niña, los saboreabas uno a uno, hasta llegar a cuatro. Cuatro, no más, porque si no te sentaban mal, pese a que siempre me ofrecías alguno nada más llegar de comprarlos. Me imaginaba lo duro que tuvo que ser para ti ver como tú madre te dejaba con siete hermanos mientras se moría en la cama: ‘’quitadla de aquí, lo que le dejo’’ ¿Cuántas veces me has contado esa historia? Ni me acuerdo, pero como tampoco me acuerdo las veces que me contabas, una y otra vez, cuando tu padre se fue a la guerra y tu madre bajaba el camino de la estación a lágrima viva pensando que nunca volvería a ver a su amado, amado que volvió.

 

Querida abuela, quizás, mis sueños y mi querencia por la Semana Santa de Cieza, la de mi corazón, te lo debo a ti. Apenas levantaba dos palmos del suelo y tú ya me ponías aquel casete que se repetía hasta la saciedad mientras el blanco puro del radiocasete se ennegrecía con mis huellas. Fuiste tú la que por la calle me iba cantando aquello de…’’ San Juan San Juan, se va a caer, San Rafael, lo va a coger…’’ lo recuerdo perfectamente. Como recuerdo, siempre, en Semana Santa, tu cabecica escondida tras tu ventana para ver pasar la procesión y, cuando tu nieto pasara, levantarla, alzar tu mano y saludarme. Debo reconocerte que el recorrido procesional nunca volverá a ser lo mismo para mí; debo reconocerte que pasar en procesión por la Calle Mesones será uno de los momentos más duros de cada año. No te volveré a ver en aquella ventana, pero siempre te recordaré sonriente buscándome entre las centenares de túnicas que dan forma a las procesiones.

 

Recuerdo cuando de niño rezábamos a los pies de la cama antes de ir a dormir. Tú me enseñaste a creer en Dios, a ser mariano, por devoción y por convicción, pero, sobre todo, me enseñaste a tener fe en el Santo Cristo, aquel que siempre bajabas a ver llegar por el Camino Madrid el Domingo de Ramos y del que cada 3 de mayo te despedías hasta el próximo año. ¡Qué gran regalo me hiciste al enseñarme a querer al Cristo del Consuelo!

 

Te has ido, pero tú recuerdo siempre estará en mi corazón. No quiero llorar, por que tú siempre me dijiste que no llorara cuando te fueras, pero, si alguna lágrima he echado, es por que todavía no se ni como podré rehacer mi vida sin tu sonrisa, tus manos gastadas del trabajo, tus besos robados por si tenias algo, tus platicos de arroz caliente que tanto me gustaban, tu mirada cada día en el balcón cuando te tiraba la basura, o tu regañina cuando no me afeitaba. Fíjate que no te conocí hasta que nací, pero desde que nací mi corazón te pertenece. Nunca nadie vendrá que sea capaz de ocupar el lugar que has dejado en mi vida, ¡qué digo! ¡Si mi vida eres tú! Tengo la total certeza de que, pese a que ya has partido al descanso eterno, ese que tanto pedias en estos últimos meses de soledad y dolor ante el peso de la vida, siempre estarás a mi lado. Desde el cielo te alegrarás de mis éxitos y en cada caída estarás para dedicarme unas palabras de ánimo y una sonrisa que es capaz de cautivar hasta las más fieras almas.

 

Abuela, te lo dije muchas veces, te lo dije cuando me despedí de ti en la cama del hospital, TE QUIERO, y, sino te lo dije tantas veces como debía, perdóname, pero no quise perderme ni un segundo de tu vida; y, ¿sabes que? estoy muy alegre de saber que siempre he estado a tu lado, nunca te ha faltado de nada y siempre has tenido mi mano tendida para cuando la necesitaras.

 

Descansa abuela, nos has dejado un gran legado, pero, lo mejor de todo es que nos has hecho inmensamente felices a tus nietos y a tu hija.

 

Por cierto: Hoy no te he tirado la basura, perdóname. Estaba llorando tu ausencia.

 

Siempre en mis recuerdos, mi abuela, la Juana.

 

Te quiero

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