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Miércoles, 26 de Abril del 2017
Domingo, 10 Julio 2016

Brexit, o cómo meter la pata en gran grupo

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Tenemos la costumbre de hablar mal de los políticos. Muchas veces les llamamos chapuceros, cobardes, vendidos, inconscientes, pero, ¿qué hay de los pueblos, de las naciones, de los estados?.

Hace unos días Europa y el mundo se desayunaban con una de las noticias más impactantes del presente siglo: el sí al abandono por el Reino Unido de la Unión Europea. Algo que parecía impensable, inconcebible, había ocurrido. Y como es natural eso que los que saben de economía llaman los mercados, y que se aterrorizan (o mejor dicho, se lanzan a especular a diestro y siniestro) si una mosca se pasea por delante de Wall Street, reaccionaron con bajadas generalizadas que, no lo duden mis queridos lectores, a alguien beneficiarán, y mucho.

 

Pero vamos a la cuestión. El sentimiento antieuropeo en Gran Bretaña no viene de ahora. Es antiguo, muy antiguo, y puede retrotraerse hasta la derrota inglesa en la Guerra de los Cien Años a finales del siglo XV. Comenzaba así el “espléndido aislamiento” inglés, que observaba lo que ocurría en Europa pero raras veces intervenía, salvo para asegurar su influencia económica en el continente. Cuando se creó en 1957 el Mercado Común el Reino Unido le dio la espalda. No fue hasta mucho después, hasta 1973, y con algunos intentos anteriores fallidos, que Gran Bretaña entró finalmente en este embrión de estado europeo. Pero siempre con reticencias, reclamando (y obteniendo) un estatus especial y poniendo día sí día también palos en los radios de las ruedas de la progresiva unión de unos países que tienen mucho que ganar y nada que perder si ahondan en su unidad.

 

Y en eso que llega la actual crisis, de múltiples caras.Y en plena crisis, algunos políticos irresponsables, todos ellos de afinidad claramente conservadora (que no digan luego y hagan comparaciones estrafalarias con la política de aquí), se lanzan de cabeza a la demagogia y a la siembra del rechazo y el miedo para obtener beneficios personales o afianzarse dentro de su partido. Y obtiene el éxito esperado. O tal vez no tan esperado.

 

Porque, en mi opinión, no se lo esperaban. Boris Jhonson, Nigel Farage, el propio David Cameron, los actores más visibles de esta absurdez que ha sido el referéndum por el Brexit, todos tenían sus propios planes. Pero estoy seguro de que ninguno de ellos creía realmente que su pueblo acabaría votando por la salida de la UE. De hecho, a algunos de ellos el Brexit les ha quitado todos los argumentos que tenían en política. Y a la vista está el resultado: todos ellos han dimitido o se han apartado de la primera línea. Ponen como disculpa que deben ser otros los que gestionen el nuevo escenario, pero es demasiado obvio que dado que el nuevo escenario es de todo menos agradable, ellos no quieren cargar con las culpas. Aunque sean los máximos culpables.

 

Pero no sólo ellos. Una mayoría exigua, eso sí, pero mayoría al fin y al cabo, del pueblo británico, ha decidido votar por la salida de su país de la Unión Europea. En buena parte convencida por quienes les decían que así ganarían en independencia frente a una UE que, según ellos, les manipulaba desde Bruselas. En buena parte también engañada por quienes les han prometido que vivirían mejor sin perder ninguna de las ventajas que tenían dentro de la UE. Muchos de ellos lo han hecho como castigo contra el gobierno, sin tener en cuenta las consecuencias. Unas consecuencias que van a ser, por lo que estamos viendo día a día, graves. Sobre todo para el Reino Unido, cuya moneda ha caído a niveles de 1985 y donde se está produciendo una evidente fuga de capitales y de grandes empresas que prefieren posicionarse en el enorme mercado que es la UE y no aislarse como ha decidido hacer buena parte del pueblo británico. Incluso se está produciendo un “corralito” financiero, al cortar los pagos varios fondos de inversión inmobiliaria. Además, lo peor está por venir. La Comisión Europea ya ha desmentido tajantemente las afirmaciones de los políticos británicos partidarios de la salida de que conservarían todas las ventajas anteriores; más bien todo lo contrario es lo que afirman los líderes de la UE, que han dejado claro que el Reino Unido se convertirá, para bien o para mal, en un país tercero, fuera de la Unión y al mismo nivel que, por ejemplo, Marruecos o Turquía. Teniendo en cuenta, además, que parece evidente que muchos líderes europeos consideran una suerte el poder desembarazarse de un socio de lo más incómodo, que aporta muy poco a las arcas europeas y que no ha hecho prácticamente otra cosa en los últimos 43 años que ser un obstáculo y una rémora para la profundización de la unidad de Europa.

 

En última instancia el pueblo británico ha decidido, por lo que se trata de una decisión soberana e inapelable. Aunque ahora mismo muchos, muchísimos de los que votaron sí al Brexit hagan público su arrepentimiento y pidan un nuevo referéndum. En política, el arrepentimiento pocas veces existe, y más si se trata de todo un pueblo que ha tomado una decisión. O pocas veces existe la oportunidad de volver atrás después de una decisión tan errónea como la tomada. El Reino Unido volverá a su “esplendido aislamiento” tras décadas de sociedad con Europa, y es difícil que alguien en el país piense o crea de verdad que esta nueva situación les va a ser beneficiosa. Los acontecimientos que se suceden día tras día indican todo lo contrario.

 

Cuando tenía 15 años mi tía me regaló un libro del escritor inglés Jhon R. Townsend. El libro se titula “El arca de Noé”, y en él se dibujaba un Reino Unido con una libra esterlina devaluada, una inflación galopante y una escasez de alimentos que llevaba a la sociedad británica al borde del colapso. Recuerdo que ese libro me impactó mucho.

 

Esperemos que no se haga realidad.

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