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Viernes, 23 de Junio del 2017
Sábado, 28 Enero 2017

Bancos y eléctricas: Los amos del país

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Spain is different; muy different. De hecho, tremendamente different.

Entiéndame usted, querido lector o lectora. No es que los demás países no tengan bancos o empresas de electricidad. Incluso podemos decir que ningún país de los muchos que tapizan nuestro pequeño planeta carece de bancos y eléctricas.

 

Pero no son como las nuestras. No son de las que introducen cláusulas abusivas en sus préstamos e hipotecas, de las que triplican el precio de la electricidad en un par de meses, de las que, en definitiva, exprimen sin ningún rubor no sólo a los curritos de clase media y baja (y hasta alta), sino también a las mismísimas empresas del país, a las que empujan al borde del abismo al subir de esta forma exagerada el precio de le energía.

 

No son como las nuestras, digo. Las de fuera, quiero decir. Porque en el resto del mundo bancos y eléctricas carecen del mimo, del cuidado, de la defensa feroz y hasta la muerte, que les da… el gobierno. Vamos a verlo.

 

Yo soy uno de los más de cinco millones de españoles que paga ahora mismo una hipoteca. Lego como soy en cuestiones bancarias y económicas, y tonto de tan confiado, pedí una hipoteca para comprar mi vivienda habitual (tan habitual que no tengo otra). Creí, en mi santa inocencia, que el banco se iba a portar bien conmigo, en el convencimiento de que las condiciones que me ofrecía se ajustaban a la legalidad y al buen entendimiento entre el banco y un cliente veterano que nunca dio problemas, sino todo lo contrario. Pensé que el hecho de pagar yo todos los impuestos, tasas, comisiones y demás que pagué se ajustaba a la legalidad. Pensé que las cláusulas suelo que a algunos compañeros y amigos se les habían impuesto en sus hipotecas se ajustaban igualmente a la legalidad. En definitiva: era lo que había, y pensé que el gobierno de turno estaba vigilante ante cualquier desmán o ilegalidad que pudiesen cometer los bancos con sus clientes; creí que el Estado y el gobierno me defenderían.

 

Craso error. Las denuncias continuadas de las organizaciones de consumidores se encontraban siempre con un muro de silencio por parte de los gobiernos que se han sucedido en los catorce años que llevo pagando mi hipoteca, cuando no con el desdén e incluso la chufla. La justicia, al menos en principio, apenas movió ficha. Por ello quienes denunciaban estas flagrantes condiciones abusivas subieron un peldaño y se dirigieron directamente a la justicia europea. Ésta se quedó atónita ante lo que le contaban sobre las hipotecas en España. Y se puso manos a la obra. Junto con varios juzgados españoles, falló tanto sobre la ilegalidad de las cláusulas suelo como sobre la obligación de los bancos de devolver la totalidad de lo cobrado de más. Todos aquéllos que se sentían literalmente estafados por el banco se las prometían muy felices, porque lo lógico y lo legal es que los bancos iniciaran de oficio la devolución de las cantidades indebidamente cobradas. Pero entonces sonaron las trompetas de la caballería en forma de gobierno, que sin pensárselo dos veces acudió raudo en ayuda de los pobres e indefensos bancos para dificultar la devolución de lo cobrado de más, impedir que se hiciera de oficio y negar que las costas de los posibles procesos legales tuviera que pagarlas el condenado, con casi total seguridad el banco. Fíjese usted cómo habrá sido la cosa que la Asociación de Banca Española se relame los belfos y anuncia que de los 5500 millones de euros que se calculaba que tendrían que pagar, sólo se verán obligados a abonar unos 2500.

 

Y eso sin contar que los bancos han obligado a todos los hipotecados a pagar la totalidad de los gastos de constitución de hipoteca, algo que no es que sea sólo abusivo, sino que según la propia legislación vigente y varios tribunales es completamente ilegal. Esta batalla pronto empezará, pero mucho me temo que la caballería gubernamental acudirá pronto al rescate de los pobres y acongojados bancos para limitar las responsabilidades por sus desmanes.

 

Al igual que ocurre con las eléctricas, que no paran de subir los precios arguyendo falta de lluvia, de viento (esto último será en Oceanía, porque aquí lo hemos tenido y en cantidad), subidas del precio del carbón, del petróleo, del uranio y hasta del mazapán, que no tiene nada que ver pero puestos a poner excusas, vale igual. Además, ante el riesgo de que el autoconsumo y la producción de energía ecológica se extiendan y limiten (que no eliminen) sus beneficios, rápidamente las eléctricas llamaron en su auxilio al gobierno. Éste, en la persona del anterior (y me da la impresión que también del actual) ministro de Industria y Energía, se inventó como pretexto un argumento increíble que decía que el producir uno mismo su propia energía, y limpia además, era insolidario y antisocial, y dicho y hecho se instauró un impuesto a las renovables y al autoconsumo que hundió el sector y que nos convirtió en el hazmerreír del mundo civilizado, como pudo verse en las portadas de los principales periódicos occidentales. Y en la chufla que en ellos se hacía de nuestro país y nuestro gobierno. Por no hablar de la negativa a actuar contra el oligopolio en la fijación de tarifas eléctricas que practican las compañías, fiando la hipotética bajada de la luz a que llueva. Y pasando por completo de las necesidades de hogares y empresas industriales, muchas de las cuales ya han anunciado el cierre si los precios siguen a este nivel.

 

Una explicación a tanto desaguisado: puertas giratorias. Si yo, alto cargo del gobierno que sea, me porto bien con las eléctricas, los bancos o las petroleras (que no nos hemos olvidado de ellas), en un futuro no muy lejano, cuando deje el gobierno, tendré mi recompensa en forma de puesto de consejero en el consejo de administración de una gran empresa de estos ramos. Y seguro que mi partido obtendrá apoyos en las próximas elecciones en forma de subvenciones más o menos lícitas o ilícitas para las campañas de turno. Y unas cuantas explicaciones más de este tipo se me ocurren, pero no las voy a comentar, que luego todo se sabe.

 

Pero usted, querido lector, querida lectora, seguro que se las imagina. Porque lo que seguro que ni usted ni yo discutimos es quién manda en este país.

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