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Lunes, 24 de Abril del 2017
Domingo, 16 Octubre 2016

Alimañas digitales

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Tirar la piedra y esconder la mano. Y además de forma anónima, a distancia y ante un montón de gente que ve lo que haces, aunque sin verte a ti.

Eso es lo que hacen en internet las alimañas digitales. Esos seres despreciables, incapaces de decir las cosas a la cara, que insultan o expresan unas ideas y deseos absolutamente bárbaros o que pretenden que todo el mundo haga y piense (casi siempre mal hecho y mal pensado), como ellos.

 

Día sí y día no nos desayunamos con una noticia de este tipo. Un ejemplo: un niño de ocho años al que le gustan los toros y en cuyo honor y para ayudarle se celebró una corrida benéfica es insultado por, en teoría, adultos antitaurinos que más parecen fascistas totalitarios y que llegan incluso a desearle la muerte. Rápidamente los autores de semejante barbaridad intentan borrar su rastro en la red, para que no se les encuentre y se les acuse de delito de odio. Ello da idea de la catadura moral de dichos individuos, que son tan cobardes que huyen después de lanzar la piedra.

 

Otro ejemplo: una madre ha iniciado una campaña para que se prohíban las páginas o sitios web en los que se hace apología de la anorexia, y bajo cuyo influjo ha caído su propia hija. Unas páginas en las que personas que padecen esta enfermedad, en lugar de aconsejar cómo combatirla, pretenden convencer a otras de que lo suyo no es un problema de salud, sino la forma definitiva de enfrentarse a la vida, y lanzan a quienes les siguen constantes retos que pueden llevar incluso a la muerte. Siempre, claro está, intentando salvaguardar el anonimato del o la líder, para no tener que pagar por las nefastas consecuencias de sus recomendaciones.

 

Otro más: una joven italiana se suicidó recientemente, al no poder soportar la vergüenza y el ensañamiento de las redes sociales causadas por la subida a la red de imágenes y vídeos de alto contenido sexual en las que aparecía ella con un antiguo novio. El cual, todo un caballero, o bien subió directamente los contenidos a la red o se los dio a algún otro para que lo hiciera.

 

¿Más ejemplos? Hay muchos, muchísimos más. Desde páginas que enseñan cómo golpear a una mujer sin que se note hasta otras que intentan marcar tendencia y descalifican de forma sistemática a quien no siga sus dictados. Por no hablar de la jungla en la que se están convirtiendo las redes sociales, donde corren bulos sin control y se hunde la reputación de una persona por simple diversión. O del acoso que muchísima gente sufre a través de programas de mensajería instantánea, tan grave (o más) que el acoso físico, ya que multiplica hasta el infinito las personas que son testigos del mismo. O de los desalmados, además de absolutamente tontos, que torturan y matan animales y suben a internet las imágenes de sus hazañas. O de las bestias que comparten pornografía pedófila, cuando no graban ellos mismos y suben sus propios vídeos. O de los depredadores sexuales que convencen a niños y niñas excesivamente crédulos y confiados de que hagan cosas que luego servirán para chantajearles.

 

¿Por qué cada día hay más casos de este tipo? ¿Por qué el número de alimañas digitales, auténticos carroñeros humanos, parece multiplicarse? Por un lado, la sociedad en la que vivimos explica en parte esta situación. Nuestra sociedad se hace progresivamente más inhumana y más individualista. No nos importa el sufrimiento de los demás, sino nuestro propio placer, nuestro propio poder. Y mucha gente se siente infinitamente bien cuando son capaces de torcer, o incluso hundir, la vida de otra persona, o de hacer que los demás sigan sus consejos, sus chismes, sus dictados. Poder, influencia, dinero, son en buena medida los motores de la era digital.

 

Por otra parte, la tecnología es un factor de suma importancia para explicar este aumento de la maldad humana, del número de alimañas digitales. En primer lugar, el efecto es inmediato. Si yo quiero desacreditar a alguien, lo hago en un momento, escribiendo en mi ordenador o en mi móvil, y en un momento mi diatriba llega a la gente a través de las redes. En segundo lugar, la tecnología amplía enormemente el público de todo lo que hago y digo. No sólo lo sabrán aquéllos a quienes yo les envíe un mensaje o una imagen. Éstos, a su vez, se lo enviarán a otra gente, que hará por su parte lo mismo, en un efecto parecido al de las ondas producidas por una piedra en un estanque, hasta que el tema pierda interés. En tercer lugar, no se puede olvidar el enorme vacío legal que existe en la red, en la que se enfrentan dos posturas irreconciliables y, a mi modo de ver extremistas: los que preconizan la libertad absoluta en internet, afecte a quién y cómo afecte, y los partidarios del control absoluto, del gran hermano en la red. Y mientras tanto, en ella medran las fieras sin moral ni escrúpulos, rastreando el éter electrónico en busca de víctimas sobre las que lanzarse.

 

Hace unos días, haciendo zapping en la tele, caí sobre un programa en el que unos jovencitos, chicos y chicas, de dudoso gusto en su aspecto externo y peor capacidad comunicativa, desacreditaban a diestro y siniestro a muchos de los asistentes a un evento cinematográfico. Parecía importarles un bledo el efecto personal, o incluso profesional, de lo que estaban diciendo. Se erigían a sí mismos, sin títulos ni formación, en jueces de la vida de los demás. Recuerdo que me pregunté cómo se atrevían ellos a juzgar así a la gente, quiénes se creían que eran para hacer lo que hacían.

 

Y lo malo es que estoy seguro que mucha, muchísima gente veía ese y otros programas de este tipo. Y seguro que lo veían con mucha, mucha atención. Y con toda seguridad, comulgarían con lo que desde ellos se les decía.

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