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Domingo, 20 de Octubre del 2019
Sábado, 20 Febrero 2016

Acoso escolar: sólo los cobardes acosan

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

En los últimos años el acoso escolar, algo que ha existido siempre pero que sólo ahora se está haciendo visible, y puede que hasta más habitual, ocupa titulares de prensa y de televisión con creciente asiduidad. Y no es para menos.

Acaba de publicarse una encuesta en la que los jóvenes preguntados reconocen que uno de cada diez de ellos ha sido, o es, víctima del acoso escolar. Y, aún más preocupante, uno de cada tres admite haber agredido en alguna ocasión a un compañero. Son datos graves. Muy graves.

 

El acoso escolar tiene dos caras, la del acosador y la del acosado, y muchas cruces: las de aquéllos y aquéllas que, siendo testigos del drama, miran para otro lado, justifican lo injustificable o se unen a los torturadores.

 

El acosador. Un chico o una chica que aprovechan la circunstancia de ser más fuertes, más altos, más populares, más crueles, que sus víctimas. Detrás del acosador suele haber un complejo profundo de inferioridad que se sublima haciendo sufrir a otra persona a la que considera, a su vez, inferior. Encontrando a alguien a quien torturar y llevando a la práctica dicha tortura el torturador se siente por encima de alguien, y ya no por debajo de los demás. Se eleva así en la escala humana por encima del fondo, al que envía a su víctima. También, y en muchas ocasiones, la competitividad que se inculca a los jóvenes se convierte en motivo para acosar, para atacar, para intentar ridiculizar, a aquel o aquella que parece un adversario, o un competidor. Aunque hay también casos de crueldad congénita, de sadismo, de chicos y chicas a quienes, simplemente, les gusta hacer sufrir a los demás.

 

Y luego está la corte de los acosadores. Chicos y chicas que, por sí mismos, es difícil que se decidiesen a acosar a alguien. Pero que cuando ven que alguien es acosado se deciden, entonces sí, a acosar. A unirse a la horda en la que se convierte un grupo de adolescentes torturando a un compañero. Los motivos son múltiples: no mostrar debilidad, no diferenciarse del grupo, sentirse superior al torturado, miedo a convertirse él mismo en víctima. El final, el mismo: convertirse en un ser cruel, capaz de la peor de las bajezas.

 

Víctima. El horror cotidiano de quien no sabe de dónde ni cuándo vendrá el próximo golpe, la próxima burla, la inesperada colleja y la risa burlona y la vergüenza, el miedo, la soledad, la incomprensión. Ese es el ambiente que cada día espera a la víctima del acoso en su centro educativo. Y el silencio, que no hace sino empeorar la situación, pero que siempre, o casi siempre, guarda la víctima ante la tortura constante que no quiere confesar para no sentirse aún más humillado o humillada.

 

No hay salida. O sí. Algunos esconden las lágrimas y se beben el sufrimiento hasta que su etapa educativa termina. Si es que termina, porque una de las consecuencias más graves del acoso es que la víctima no puede seguir de manera normal su proceso educativo, lo que tendrá para ella consecuencias de por vida. Otros, pocos, reaccionan y se enfrentan a sus torturadores. Las más de las veces éstos, cobardes hasta la médula, retroceden confundidos cuando sus víctimas se revuelven y enseñan los dientes. En algunas ocasiones la víctima recurre al absentismo, a no acudir a clase, o somatiza su sufrimiento y enferma para librarse de asistir al aula. Y, a veces, harta ya del infierno diario en el que vive, se decide por la solución extrema, a quitarse de en medio, a desaparecer, y es entonces cuando los medios de comunicación se hacen eco del drama, y las autoridades anuncian que van a tomar cartas en el asunto, y durante unos días todo el mundo se conciencia. Y a la semana siguiente el asunto pierde interés, y deja de ser de actualidad hasta que la próxima víctima de la tortura sin fin decida, a su vez, quitarse de en medio, a desaparecer.

 

Vivimos en una sociedad cruel, donde la piedad, la solidaridad y la empatía son cada día bienes más raros en el mercado, porque cada vez es más un mercado, de las relaciones humanas. Nuestros jóvenes no son ajenos a esta sociedad; más bien al contrario, la sociedad los bombardea con toda una batería de mensajes que, las más de las veces, son contradictorios y más preocupados por la competitividad y el materialismo que por los valores. Y los niños y adolescentes, con una reducida capacidad de análisis social y con una tendencia hacia la crueldad y el abuso espoleada por dichos mensajes, se convierten en ocasiones en monstruos cobardes capaces de sumir en la más infernal de las pesadillas a otros niños y adolescentes.

 

Ser un acosador, ser una acosadora, es ser un o una cobarde. Porque nadie valiente, nadie decente, acosa, tortura, humilla, se burla de un compañero que, por el motivo que sea, se siente incapaz de enfrentarse a su agresor. Si tú que lees esto eres un acosador o una acosadora, debes saber que cuentas, mientras no cambies, mientras no vuelvas a ser un ser humano, con el desprecio de quien esto escribe y de todas las personas decentes de este mundo. Y si cambias, te recibiremos con los brazos abiertos, porque serás, de nuevo, un ser humano entre otros seres humanos que te considerarán, al igual que tú a ellos, una persona.

 

Uno más. Ni mejor ni peor. Pero sí más humano.

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