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Jueves, 21 de Setiembre del 2017
Sábado, 12 Noviembre 2016

Accidentes de tráfico: la masacre constante

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Hace unos días se hacía pública la cifra de muertes en carretera en lo que llevamos de año, que llegaba el miércoles 9 de noviembre a los mil fallecidos. Mil personas muertas en diez meses; a cien por mes. Mil personas, cada una con su historia terminada abruptamente, sus vidas y las de sus familias truncadas… Una masacre constante que, por primera vez en una década, provoca un aumento del número de víctimas con respecto a años anteriores.

¿Qué ocurre? ¿Por qué cada año las muertes en carretera arrojan un balance mayor que, por ejemplo, el de las muertes provocadas por el terrorismo etarra en sus cincuenta años de asesinatos? ¿Y por qué, tras años de constantes descensos, se inicia un repunte de accidentes y fallecidos que rompe dicha tendencia?.

 

Las explicaciones son variadas, y los factores causantes también. Pero, según los expertos, los factores externos, no achacables al conductor, como el mal estado de las carreteras, la climatología o las averías mecánicas, son sólo responsables de una parte menor de los accidentes, y por tanto de las muertes. Es el factor humano, dicen los expertos, el causante de la gran mayoría de las desgracias en carretera.

 

El alcohol y las drogas son todo un clásico en los accidentes con víctimas mortales. Un conductor, o conductora, ha bebido de más o ha consumido drogas. El estado de euforia producido, en especial en las personas poco responsables, les hace creer incluso en que así conducen mejor. No es cierto. La velocidad de reacción cae en picado, al tiempo que la percepción visual y de la realidad circundante se deforma por completo. El conductor en estado de ebriedad o bajo los efectos de las drogas no sólo asume más riesgos, sino que los provoca, tanto a él como a los demás, conduciendo a toda velocidad sin apenas control de su automóvil. Las consecuencias pueden ser trágicas, y no sólo para el conductor infractor, sino para quienes le acompañan o quienes tienen simplemente la desgracia de conducir o pasear por el mismo lugar y a la misma hora que el conductor infractor.

 

Otro clásico: el exceso de velocidad. Muchos, demasiados conductores, hacen caso omiso de la limitación de velocidad en nuestras carreteras. Es más: cuando son multados por ir demasiado deprisa, no se les ocurre otra idea que afirmar que esa multa es injusta, que lo que quieren la policía de tráfico y el gobierno es recaudar. No se les ocurre ni por asomo que el establecer un límite de velocidad tiene unos motivos muy diferentes. El primero, aumentar la seguridad. Está demostrado que, cuanta más alta es la velocidad, mayor es el riesgo de accidente y mucho peores los estragos producidos por un siniestro. Por no hablar del aumento exponencial del consumo de combustible que se produce al pasar de los 120 a los 130Kms/h o más. Pero no, el conductor que acostumbra a sobrepasar los límites de velocidad culpa a la autoridad de su propia inconsciencia hasta que, en un momento, puede que ni siquiera le quede ya inconsciencia tras sufrir un accidente por el exceso de velocidad.

 

Pero la modernidad y la alta tecnología llegan también a la masacre continua en la carretera. Cada día nos tropezamos con conductores que, en el culmen de la inconsciencia, hablan por teléfono o incluso chatean por las redes sociales mientras conducen. Cada día personas inocentes que cruzan por pasos de peatones o semáforos o que caminan por las aceras con toda normalidad son atropelladas por irresponsables que sueltan incluso el volante para responder un mensaje y pierden el control de su automóvil. Cada día conductores inocentes y respetuosos con las normas de conducción pierden la vida cuando sus coches son arrollados por los vehículos conducidos por conductores que hablan por el móvil y no se percatan de lo que les rodea. Cada día ciclistas que circulan cumpliendo con sus normas de circulación en la carretera son arrollados por quienes prefieren arriesgar sus vidas y las de los demás a dejar para después responder a un mensaje o a una llamada. Y si las autoridades de tráfico les pillan in fraganti, se disculpan diciendo que sólo había sido un segundo y echan pestes cuando son multados, recurriendo al manido mensaje que antes hemos comentado: sólo quieren recaudar…

 

Hay más causas achacables al factor humano: carreras ilegales, conducción temeraria, exceso de horas al volante, no obedecer la señalización, etc. Pero el resultado de todas ellas es estremecedor: mil muertos hasta noviembre; miles de heridos; miles de incapacitados de por vida; miles de familias destrozadas; miles de millones en gasto sanitario e indemnizaciones; en resumen, dolor, mucho dolor. Un dolor que, en gran medida, puede ser evitable.

 

El ponerse al volante de un vehículo cambia muchas veces la forma de ser de las personas. Hay estudios sicológicos al respecto. Es tu territorio, tu caja cerrada donde mandas tú, que te protege y aísla del mundo. Tu símbolo de poder personal, de status social. Y una vez a los mandos de la máquina, nadie tiene derecho a imponerte nada. Y menos, a pedirte responsabilidad al manejarla.

 

Sé que mucha gente que lea este artículo no se dará por aludida. Otra mucha despreciará lo que aquí digo, y seguirá haciendo lo que hasta ahora hacía: jugarse su vida y, lamentablemente, las de los demás. Algunos coincidirán conmigo en lo que escribo. A todos, sólo una cosa. Sólo hace falta un segundo: el segundo en el que puede cambiar tu vida, la de los tuyos, la de los otros, el segundo tras el cual la muerte, el dolor, la pena, dominarán el resto de tu vida.

 

Como dice un sabio dicho huertano, “más vale un por si acaso que un yo creía”.

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