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Sabado, 07 de Diciembre del 2019
Sábado, 23 Noviembre 2019

65.725 millones de euros fueron nuestros...... y se los regalamos a los bancos

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Vamos a poner la cantidad con todos sus ceros: 65.725.000.000€. El rescate (que fue un rescate, por más que el gobierno del momento lo negara) de la banca española nos costó a los ciudadanos de nuestro país 65.725 millones de euros. Para los nostálgicos de nuestra antigua moneda, casi 11 billones (millones de millones) de pesetas.

Una cantidad de dinero enorme. Monstruosa. Suficiente para haber evitado todos los recortes sociales que se llevaron a cabo durante lo peor de la crisis económica. Para haber ahorrado a varios millones de españoles el sufrimiento que supuso la austeridad necesaria para que el estado español pudiese conseguir semejante cantidad de dinero.

 

¿Y a dónde fue ese dinero? Pues muy sencillo. A unos cuantos bancos, para cubrir los agujeros que la pésima gestión de sus directivos o lisa y llanamente la corrupción de sus gestores habían producido.

 

¿Qué ocurrió? De todo. En los años de la burbuja inmobiliaria, a partir de finales de los 90, algunos bancos y en especial muchas cajas de ahorro se lanzaron a alimentar dicha burbuja a base de hipotecas y préstamos sin prácticamente garantías de devolución. Eran precisamente estos créditos los que alimentaban el consumo desaforado en un país al que desde el principio se advirtió del peligro de seguir por esta senda. Era tal la alegría crediticia que cuando comprabas un coche o una casa se te ofrecía un crédito mayor de lo que necesitabas, para comprar muebles o pagarte unas vacaciones.

 

Mucha alegría, sí, pero también un total descontrol. Muchos bancos y cajas prestaban muy por encima de lo que las leyes y reglamentos del sector les permitían. Se saltaban igualmente el estudio de viabilidad de dichos préstamos y del endeudamiento de quienes los solicitaban. Pero no hay que echar la culpa a la codicia bancaria en exclusiva: los distintos gobiernos de los distintos partidos, aun conociendo el peligro (como he dicho, ya habían sido avisados) no hicieron absolutamente nada para reconducir la situación, porque pocos políticos se atreven a cambiar una situación que, aunque sea pan para hoy y hambre para mañana, les reporta votos a corto plazo.

 

Y también estaba la corrupción. Desconocida casi en ese momento, aunque no porque no existiese, sino porque aún no se había prácticamente investigado. Una corrupción que perjudicó a las administraciones con sobrecostes descomunales de obras públicas o servicios o mordidas continuas a las arcas del estado. También bancos y sobre todo cajas de ahorro, estas últimas gobernadas por políticos en buena parte ineptos y corruptos, fueron objeto de saqueo y de derroche sin control.

 

Pues así estaba la cosa cuando la crisis nos embistió. Y el castillo de naipes se vino abajo. Y muchos bancos y cajas de ahorro se encontraron prácticamente sin reservas, porque habían prestado o malinvertido casi todo el dinero (casi nunca suyo, por cierto) que gestionaban. Al mismo tiempo muchos de aquellos ciudadanos a quienes habían prestado sin control se encontraban de repente sin empleo y, por tanto, sin poder devolver sus hipotecas y préstamos. Y la situación se hizo crítica. Tan crítica que el sistema bancario, o al menos buena parte de él, se encontró al borde del precipicio.

 

Y el gobierno de entonces tuvo que decidir qué hacer: rescatar a los bancos en peligro o a los ciudadanos insolventes. Y se inclinó por lo primero. Cómo no. Y en diversas oleadas y desde diversas instancias los bancos y cajas que habían literalmente tirado el dinero de quienes se lo habían confiado (nosotros, los ciudadanos) recibieron ríos de dinero público obtenido a base de hipotecar al estado y de privar a los ciudadanos de los servicios pagados hasta entonces con ese mismo dinero.

 

Seamos realistas: nuestro sistema económico funciona gracias al dinero que los bancos prestan a productores y consumidores. El crédito es la sangre de la economía capitalista, su savia vital. La caída de varios bancos de gran tamaño hubiera supuesto un desastre para nuestra economía de tal magnitud que posiblemente todavía hoy estaríamos pagando sus consecuencias. Pero siempre hay diferentes formas de hacer las cosas. Y en esta ocasión hubo algunas que desde luego podrían haberse hecho de forma distinta. Por ejemplo, lo barato que les ha salido a la mayor parte de los responsables de los bancos y a muchísimos políticos irresponsables (por no decir otra cosa) el haber estado a punto de hundir nuestra economía y haberla hipotecado para muchos, muchos años. Por ejemplo, el hecho de que el Banco de España dé por perdido la mayor parte del dinero empleado en el rescate, del que solo se han recuperado 14.785 millones de euros (algo más de un 20%). Por ejemplo, la posibilidad más que probable de que los bancos y cajas salvados por el estado con capitales públicos sean finalmente privatizados a precios simbólicos; es decir, regalados a grupos y empresas que no habrán invertido un solo euro en ellos pero que se quedarán por la cara con entidades saneadas con nuestros impuestos.

 

En resumen: los bancos deberían estar muy agradecidos a nosotros los españolitos por lo bien que nos hemos portado con ellos. Aunque lo hayamos hecho a la fuerza y obligados.

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