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Miércoles, 26 de Abril del 2017
Viernes, 01 Julio 2016

26J: sorpresa general

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Es habitual en nuestra reciente historia democrática que, antes de unas elecciones, casi todos los medios de comunicación y los partidos políticos encargan encuestas, más o menos completas, más o menos veraces, a las empresas demoscópicas. Su finalidad: anticipar lo que va a suceder, y anticiparse a ello.

Las elecciones del pasado domingo no iban a ser menos. Desde hace unos meses semana sí, semana también, veían la luz encuestas de diverso pelaje que, con algún que otro matiz, dibujaban una imagen similar en casi todos los casos: ligero descenso del PP, ligero descenso del PSOE, aumento espectacular de Unidos Podemos (sorpasso incluido) y descenso acusado de Ciudadanos.

 

Cuando se cerraron las urnas se hicieron públicas las primeras encuestas de las denominadas israelitas, a pie de urna. Sus resultados parecían conformar todas las anteriores: con toda seguridad el PP no podría formar gobierno, mientras que una hipotética alianza entre PSOE y Unidos Podemos sí. Es decir, la izquierda desalojaría a la derecha del poder. Pero el panorama empezó a cambias conforme comenzaba el recuento real de los votos. Y la sorpresa fue mayúscula.

 

No insistiré demasiado en los resultados: el PP ganó las elecciones de forma clara, aumentando en 14 escaños y más de 700.000 nuevos votos. El PSOE perdió 5 escaños, con una pérdida sensible de votos. Ciudadanos se dejó 8 escaños con respecto a las elecciones de diciembre, a pesar de que el porcentaje de votos perdido fue muy inferior. La coalición electoral Unidos Podemos mantuvo los 71 escaños que tuvieron sumadas IU y Podemos en diciembre pasado, pero tuvo un fuerte descenso de votos (1.200.000 aproximadamente), que le impidió aprovechar los posibles beneficios del sistema electoral proporcional. En resumen, el Partido Popular tiene la posibilidad de revalidar gobierno, aunque necesite del apoyo de otras formaciones.

 

¿Qué ha pasado? Varias cosas. Bastantes cosas. En primer lugar, la participación en las elecciones ha sido muy baja, la segunda más baja de la reciente historia democrática del país. Un descenso que afecta negativamente a los partidos nuevos (C’s, Unidos Podemos) y al PSOE, cuyos votantes son menos fieles, por tradición o por juventud de los nuevos partidos, a sus formaciones políticas. Por el contrario, el PP cuenta con un electorado tremendamente fiel, un “suelo” electoral de unos 7.000.000 de votos que, pase lo que pase, vota ineludiblemente y siempre al Partido Popular. Por ello, cuando la participación baja, y teniendo en cuenta la fidelidad de sus votantes, los resultados del Partido Popular mejoran.

 

La segunda causa de la clara victoria del PP es la apelación que se ha hecho desde este partido al voto útil del centro-derecha. La división de los grandes bloques en varios partidos hace muy difícil que alguno de ellos, por sí solo, obtenga una mayoría suficiente para gobernar. Por eso los dirigentes del PP han apelado a los votantes de C’s para que su voto sume más de lo que lo haría volviendo a votar al mismo partido. El sistema electoral proporcional magnifica este trasvase de votos, difícilmente cuantificable en número de sufragios pero fácilmente visible en número de escaños.

 

En este sentido ha funcionado bien el voto del miedo. La estrategia del PP ha consistido en obviar a su tradicional adversario, el PSOE, y atacar directamente al que parecía que se iba a convertir en principal contrincante político: Podemos. Se ha afirmado hasta la saciedad que la llegada de Podemos al gobierno supondría un desastre para España, y muchos antiguos votantes del PP desencantados se han reenganchado al carro electoral para frenar el ascenso de la izquierda. Y ha funcionado, aunque también sea difícil cuantificar este efecto.

 

No hay que olvidar que el Partido Popular ha convertido en su principal oferta electoral la mejora económica del país, aún teñida de enorme desigualdad, pero evidente, lo que ha atraído a nuevos votantes y consolidado a los antiguos.

 

Hoy muchos ciudadanos se preguntan cómo es posible que, con todos los escándalos de corrupción a los que ha tenido que enfrentarse, con todas las actuaciones de dudoso carácter democrático que ha llevado a cabo el PP, con el rechazo social a muchas de sus leyes estrella, con la desigualdad rampante que se ha instalado en España, el PP pueda haber no sólo consolidado sino mejorado notablemente sus resultados. Que se haya producido, como dicen algunos politólogos, una “anomalía democrática”. Hay que tener en cuenta la fidelidad, el “suelo electoral” de votantes que tiene el Partido Popular, y con los que siempre puede contar. Por otra parte, todos estos hechos negativos para el PP ya han sido realmente descontados con la pérdida de los 4.000.000 de votos que le dieron la mayoría absoluta en 2011. Más abajo, salvo hecatombe, no va a llegar el Partido Popular en sus resultados; desde este suelo, todo el camino va hacia arriba.

 

En cuanto a los partidos de la izquierda, estos están aún más divididos. Son tres (o más, si contamos las formaciones nacionalistas de izquierda) las fuerzas que se disputan este espacio. El PSOE se encuentra inmerso en una batalla fratricida que le ha restado atractivo electoral, a la que se suma una oposición más bien tibia durante la mayor parte de la legislatura de mayoría absoluta del PP. Parece que su caída, que le ha llevado a obtener sus peores resultados en la historia democrática española, ha tocado fondo, pero la lucha interna prosigue y los militantes y simpatizantes están desconcertados, cuando no abandonan directamente el barco. Y todo ello sin que quede tampoco clara y definida la línea ideológica del partido.

 

En el caso de Unidos Podemos, la sorpresa ha sido mayúscula. Todas las encuestas vaticinaban a la coalición un fuerte incremento de escaños y su conversión en segunda, si no en primera, fuerza política del país. De hecho la campaña de UP se basó en esta premisa y en la moderación de su mensaje. Quizás, y en mi opinión, no se dio excesiva importancia (o al menos no la que merecía) al hecho de la bajísima participación, en especial en Izquierda Unida, en las consultas internas que las dos formaciones realizaron para sellar su pacto electoral. Quizás la moderación al final de la campaña espantó al electorado más de izquierdas en vez de ganarse a quienes se encontraban más en el centro. Quizás la lucha interna entre corrientes en Podemos e IU, que se ha hecho visible ante el proceso de formación de la coalición, haya convencido a muchos votantes de no brindar a ésta su sufragio. Quizás se ha pagado un exceso de confianza y de juventud e inexperiencia política. Quizás muchos votantes de la coalición, dando el partido por ganado, no han acudido a las urnas pensando que ya estaba todo hecho.

 

El caso es que los resultados han dado la vuelta por completo a lo que predecían las encuestas. Ahora sólo queda esperar y ver si algún partido es capaz de aglutinar a otras formaciones para crear un gobierno estable o, por el contrario, todo sigue como estaba.

 

Y entonces volveremos a las urnas.

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